Las ideas delirantes, cuando se rebozan de bondad, son tanto o más peligrosas que una pistola en manos de un chimpancé, que, con sus monerías y melindres, puede llevarse por delante a cualquiera, aunque lo celebre, especialmente si le aplaude. La creencia, cada vez más dominante, de que todo el mundo es bueno se ha convertido en una especie de artículo de fe. No se dan cuenta de la perversión intrínseca que lleva esta afirmación buenista y candorosa. La confianza que se pone en la naturaleza humana, como si no fuera capaz de las mayores atrocidades, ha puesto el pensamiento humanista en un angelismo mágico, impropio de su inteligencia. Desde siempre, los cristianos hemos defendido la condición pecadora del hombre, que por lo mismo necesita redención y un poco de regla moral que le instruya y acondicione de esa tendencia primaria, que lejos de ser bondadosa, está casi siempre aproximada al conflicto y la pendencia. La Iglesia que ha sido, y sigue siendo, tan perseguida por ir contracorriente y no doblegarse a los modernismos revolucionarios de las últimas ocurrencias; ya, en su día, se reveló, y así durante dos siglos, a la creencia rousseauniana del buen salvaje, afirmando que todas las personas nacen buenas. Y esas modas siguen estando presentes en multitud de facetas sociales, y muy especialmente entre los padres y educadores, que, por miedo a causar un trauma, dejan que el niño dé la murga en cualquier sitio, sin que nadie le ponga límite y contención; por lo que no es de extrañar que termine miccionando en el plato de sopa de los invitados. Ese hombre 'bueno por naturaleza' de Rousseau ha dado pie en la actualidad a una exacerbada confianza en la propia capacidad que el hombre tiene sobre sí mismo y su autorrealización, como si él sólo tuviera la potencia suficiente como para llegar a cualquier parte; siendo verdad que llega, casi siempre, cuando lo hace sólo, a donde menos conviene. Nos han metido en la mollera que el amor a uno mismo, que no está mal, es la base para el amor a los demás, que tampoco es mala cosa, si no fuera porque sólo confían en la psicología de su potencial natural, siendo que lo natural no es para tanto, quedando casi siempre en poco. La psicología del potencial humano y su autorrealización se ha convertido ahora en una especie de religión: 'si quieres, puedes', como si la persona tuviera en sí todos los resortes para llegar a la plenitud; con lo que hay que tener en ello una fe, que ya quisieran para sí Juan de Yepes y Teresa de Ahumada. En lugar de ponernos delante de lo que realmente somos, nos hemos auto contemplado en el estanque de Narciso y mirado en el espejito de la Reina Malvada de Blancanieves. Ahora se da una verdadera veneración por la persona plenamente realizada, siendo el fin último de nuestra bajeza. Digo bien, porque la trascendencia desaparece en esta especie de pseudo-religión de la autoestima. Se trata de una nueva (yo diría que viejísima) religión del yo, que apoyada por la psicología de la autoafirmación 'siéntete-bien-contigo-mismo' han logrado una moral menos exigente, con menos conciencia heterónoma, haciendo que todo sea estupendo, buenísimo y encantador. Que 'to´er mundo ez güeno, hoé', y a correr. De este modo para qué necesito Iglesia, ni Salvador, ni ná. Si ahora de lo que se trata es de autorrealizarse, basta con un centro terapéutico sin prejuicios ni doctrinas. ¿Para qué sirve ahora la doctrina del pecado original? Me han engañado. Me voy a un centro de autorrealización, y aquí paz y después gloria. Me ahorro el bautismo, y, si me apuras, también a Cristo Redentor. Ya está implantada la religión terapéutica, sin el fastidio de ir a la iglesia; por lo que el buenismo, tan cándido e inofensivo, viene a ser uno de las principales causas inherentes a la secularización de la vida moderna. No interesa la tradición, no importa la enseñanza; la moral se convierte en un prejuicio y las responsabilidades ajenas en una carga deprimente para mi realización personal, que es lo que importa; cuidar a un enfermo me deprime y renunciar a una fiesta por la atención a tu madre impedida se convierte en insufrible para 'mi bienestar emocional', por lo que, mejor, me pido la baja. De ahí que, con la bondad natural del hombre, me auto excomulgo del 'yo pecador' y me reconvierto, sin prejuicios, en un ser autorrealizado y autocontemplado, que da gloria bendita. Es verdad que el cristianismo nos quiere hacer buenos; pero de este modo descafeinado, descartando lo esencial, que consiste en la redención de la naturaleza humana, y chocando con la naturaleza buenista, introducimos el psicologismo que nos salva de toda conciencia conflictiva de pecado y aceptación de uno mismo, vinculada a la salvación. Todo el mundo es bueno, es más 'guay'. No se necesita sacramento de la penitencia, ni procede la confesión. Basta la senda psicológica de los eufemismos con tal de no agarrar el toro por los cuernos. Todo se ha convertido en subjetividad individualista, hasta el punto de que no hay doctrina que lo resista, ni cuerpo eclesial que lo aguante. Como lo importante es ser buenas personas, lo doctrinal se va por la alcantarilla. Así en todo.

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