Una vuelta más

Terror

El autor profundiza, de forma metafórica, en las múltiples y ancestrales manifestaciones del temor extremo, que invaden al ser humano. El terror asola más allá del epicentro de una guerra

Terror. Terror.

Terror. / Francis Capote

Siempre hay esquinas que evitamos, o calles por las que nunca transitamos en solitario. Solemos dar de lado a salidas nocturnas por barrios sin alumbrado, o a edificios en ruinas con puertas que chirrían en una mañana de niebla densa. Habitualmente, generan pánico los cementerios o edificios presididos por símbolos satánicos, o un cine con sólo dos espectadores para una película de intriga.

Despertamos al pavor en una noche de rayos, relámpagos y truenos que infunden miedo escénico. El simple viento que golpea inesperadamente una ventana o puerta, nos lleva al sobresalto. Recelando del peligro, reptiles, ratas, arácnidos, lechuzas, murciélagos y un largo etcétera de animales salvajes, o de extraña apariencia, suscitan el temor y nos hacen tiritar sin frío aparente, o cimbrear las piernas sin razones fisiológicas que lo justifiquen. Desde tiempos ancestrales, el ser humano rinde su máximo respeto hacia una palabra: Terror.

El terror nace en un túnel sin luz, crece al borde de un precipicio, se reproduce con una amenaza y muere en una simple caja de madera, o en una fosa común, o en un bote lleno de cenizas. Terror es un misterio sin resolver, o el futuro incierto por la pérdida del trabajo, o un atolladero sin solución aparente, o una persecución implacable, o una jeringuilla que no encuentra venas, o un ascensor que se detiene entre dos pisos. Terror es la escena macabra de dos ancianos muertos, que se descubren en su piso ‘gracias’ al hedor putrefacto de los cuerpos. Terror es un bebé que aparece en un contenedor de basura.

Terror. Terror.

Terror. / Aiko Photography

Terror es una reyerta, una calumnia, una difamación, la justicia que se toma alguien por su mano, es un ajuste de cuentas, un potro de tortura, una maldición, un pecado sin perdón. El terror viaja en ambulancias blancas con luces de emergencia, o en un maletín cargado con probetas portadoras de virus, o en una patera a la deriva, o en el corazón de un suicida con cerebro sorbido. El terror habita en la unidad de cuidados intensivos, o de enfermos terminales, o dentro de un avión con pasajeros hacinados, o en un barco mecido por la tempestad, o en un autobús que surca por estrechas y empinadas carreteras de montaña.

El terror actúa sin impunidad dentro de un huracán colérico, o en el hipotálamo de un asesino, o en las ‘vísceras’ de un ciclón huracanado, o a través de un fuego devastador, o en el epicentro de un movimiento sísmico, o en la crecida de un río, o en un aluvión de lodos. El terror habita entre un rebaño de ovejas asediadas por alimañas, o en el corredor de la muerte.  El terror no es una horca, ni la cámara de gas, ni una inyección letal, ni la guillotina, ni el garrote vil, ni el hacha de guerra, ni un soldado vestido de camuflaje, ni bombas o armas de destrucción masiva, ni ejércitos con hambre de venganza, ni un enajenado que afila su navaja. Terror es la autodestrucción de la Humanidad, llevada al patíbulo por sí misma...

(*) Jesús Benítez, periodista y escritor, fue editor jefe del Diario Marca y, durante más de una década, siguió todos los grandes premios del Mundial de Motociclismo. A comienzos de los 90, ejerció varios años como jefe de prensa del Circuito de Jerez.

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