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Fue un farol. Inservible. No tenía luces. Lo admitió uno de los consellers que volaron como cimarrones para que otros se comieran el marrón. Como una palabra, una frase, un gesto o un silencio que repentinamente salen de su duermevela y revuelven el presente, la fugaz declaración de independencia fue un descomunal error que reluce y sus responsables lo saben y lo comentan en privado, a la par que lo disimulan de cara a la galería apropiándose de la memoria de Rosa Parks, o de Mandela, o de Gandhi, o hasta de las de las 9.500 víctimas republicanas que Franco mandó al matadero nazi de Mauthausen, como se vio el domingo con portazo incluido de la ministra Delgado a los jenízaros del avieso vecino de Waterloo, al que cualquiera le aguanta ahora.

Puigdemont se ha venido arriba. Y eso que sus fatigosos dicterios sobre la Justicia española han sido desmentidos al dar luz verde a su candidatura para las elecciones europeas del brazo de los ex consellers también prófugos Antoni Comín y Clara Ponsatí (la que admitió la chapuza) como números uno, dos y tres respectivamente de la coalición Lliure per Europa (Junts), todo un rapapolvo para la Junta Electoral Central. Que, por cierto, se está cubriendo de gloria con otras decisiones controvertidas como la de impedir que la alcaldesa de Madrid defienda su gestión en debates televisados porque al cambiar de nombre su candidatura la considera de nuevo cuño, como salida de la nada.

El barro es el elemento en el que mejor se desenvuelve Puigdemont en su cruzada contra el Estado español. El ex jefe del Govern es el campeón del postureo, un victimario metido hasta los tuétanos en el papel de víctima, como si la prisión preventiva y unas acusaciones más que cuestionables convirtieran en inocentes a él y a los demás irresponsables que declararon alegre y torticeramente la independencia de Cataluña. No obstante, el exiliadísimo puede poner en aprietos al Gobierno español, puesto que el acta de eurodiputado le daría un altavoz de postín. Ahora bien, si viniera a España a recogerlo sería encarcelado, pues su inmunidad llegaría sólo al jurar la Constitución en su sede, el Congreso. Algo se le ocurrirá. Pase lo que pase, ya tiene un buen argumento. Y un tonto nunca se repone de un éxito.

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