Un día de primavera de 2001, a media mañana, fui a visitar a Yeye. Me recibió como siempre, con una sonrisa. Conversamos unos minutos y me dijo que la acompañara, que quería enseñarme algo muy interesante. Salimos de su despacho y nos dirigimos a unas dependencias del parque cuyo acceso estaba solo permitido al personal autorizado. Una vez allí, nos detuvimos ante una especie de habitáculo al que nos aprestamos a entrar, no sin antes pisar con las suelas de los zapatos sobre una bandeja situada a la entrada y que contenía líquido desinfectante.

Pasado ese trámite, accedimos a aquel espacio diminuto al que la tierra del suelo, unos troncos de árbol dispuestos con sumo cuidado y otros elementos, convertían en una suerte de "hábitat" a pequeña escala. Sobre uno de los troncos, se encontraba un hermoso cachorro de lince ibérico de apenas unas semanas de edad que, para mi agradable sorpresa, no tardó en echarse a juguetear entre mis manos. Se llamaba "Esperanza" y su nombre no era cuestión de azar. 'Esperanza', que fallecería en 2014, representó un hito para el Zoo de Jerez y para el programa de cría en cautividad del lince ibérico, que con los años ha logrado ser uno de los más exitosos a nivel mundial.

Junto a esa experiencia tan especial recuerdo muchas otras con Yeye, pero quisiera destacar sobre todo lo didáctico y agradable que resultaba cualquier paseo por el parque en su compañía. Ser testigo del cariño con que interaccionaba con los animales, en particular con los chimpancés. Escuchar sus explicaciones sobre cada uno de ellos: "este viene de tal sitio", "aquel está aquí por esta circunstancia", "este otro forma parte de tal proyecto de conservación o reproducción"... O comprobar cómo corregía educadamente a niños -y no tan niños- cuando entendía que ciertos comportamientos o actitudes podían ser irrespetuosos hacia los animales. Verla 'en acción' era sencillamente maravilloso.

Estas y otras vivencias que tantos jerezanos de distintas generaciones habremos compartido con ella, explican porqué Yeye es "el alma del Zoo", como señaló María Valero en su brillante artículo de hace unos días en este diario.

Pero más allá del parque, Yeye me evoca tantas cosas y tan bonitas que aún a riesgo de dejarme alguna no quisiera dejar de citarlas.

Yeye es generosa entrega a su familia y a sus amigos. Es admiración profunda por sus padres, Gabriel y Carolina. Yeye son puertas -las de su casa- siempre abiertas. Es hablar claro, sin tapujos. Es personalidad arrolladora. Es el alma de cualquier celebración. Yeye es ofrenda de pan y vino cantada con arte y sentimiento desde el coro de la Merced. Es Noche de Jesús y mirada que busca la de Amor y Sacrificio. Es energía positiva y optimismo sin medida. Yeye es un libro a la orilla del mar muy de mañana. Es la caída del sol en verano desde su huerto para disfrute de mi madre...

Por estos y otros muchos motivos que por razón de espacio sería imposible citar en estas líneas, quisiera sumar este sencillo tributo epistolar a los numerosos reconocimientos y las muchas muestras de cariño que estará recibiendo en estos días por la culminación de una brillante trayectoria profesional. Como jerezano, es mi forma de agradecerle su notable influencia en la formación de mi conciencia medioambiental y de conservación de la biodiversidad. Y como sobrino, de expresarle mi admiración, cariño y gratitud por todo cuanto he recibido de ella.

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