De todos es conocido que la banda de cornetas y tambores del Rosario de Cádiz deja de tocar tras el paso de misterio del Transporte. Ambas partes deciden, parece que de manera bilateral, que la banda tome el sendero a Sevilla y acompañar al Señor de las Penas de la cofradía de la Estrella.

Esta noticia ha sido enmarcada por algunos como un movimiento sísmico en el mundo de las cofradías. Poco más o menos que la existencia tal y como la conocemos estaba finiquitada desde el mismo momento en el que se decide no renovar el ‘binomio’ del Domingo de Ramos. Todo, ciertamente, surrealista.

No es que yo pretenda ver negro lo que tiene tonos grises o lo que está más blanco que un paño lavado con Ariel. Pero la cosa tiene miga. En un corrillo de cofrades serios hace unos días hablábamos del asunto porque la cosa ha tenido más calado que cuando el primer ser humano tuvo que pisar la Luna. Si pones en Twitter sobre los cultos de la hermandad no lo comenta ni el que lleva la pértiga. Sin embargo, basta que pongas que la banda tal no seguirá con la cofradía cual y los comentarios se multiplican.

Quizá hemos hecho de todo esto de las cofradías un divertimento más o nos lo tomamos con la mayor de las superficialidades. Pero el camino que llevamos, a mí, personalmente, no me gusta. Y sobre todo no me identifica. Hubo alguien que puso en las redes sociales que pronto serán los pasos los que acompañen a las bandas. Y no le faltaba razón.

Por si fuera necesario, dejando a un lado de que mal de muchos es consuelo de tontos, habría que afirmar que en todos sitios se cuecen habas. Por su parte, en Sevilla, la banda de siempre ha dejado a la Estrella también ha tenido su patio de Monipodio. Al final podría haber un intercambio de bandas y pasaríamos a otro asunto. Lo penoso es que nadie se acuerda de ese rayo de sol que soslaya al rostro del Señor despreciado en la puerta de la basílica. El personal solo atiende a si los pitos son gaditanos o de la querida población de Dos Hermanas.

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