El parqué
Álvaro Romero
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La escena transcurre delante de unas ruinas clásicas. Una columna de orden jónico dibuja una marcada línea recta vertical que contrasta con las múltiples diagonales que organizan y construyen la composición, como el haz de luz que proyecta la Estrella de Oriente. Columna y rayos luminosos confluyen en el Niño, sentado sobre el regazo de María recibiendo la adoración y presentes de los Magos.
Estos últimos ocupan el área central del relieve, destacando por sus ostentosos atuendos y por la potente talla de sus cabezas: Melchor humildemente reclinado ante la bendición de Jesús; Gaspar con mirada perdida pero con postura muy gallarda y en posición más saliente; y Baltasar, al fondo, dirigiendo sus ojos al cielo en gesto de éxtasis. José de Arce emplea en la Epifanía del retablo mayor de San Miguel esa misma combinación de ademanes o expresiones que plasmó con maestría en el apostolado cartujano.
Es su aportación más personal, junto a la deliciosa gloria con ángeles que remata el conjunto, de una representación ideada partiendo de la copia de dos estampas distintas de sendos grabadores flamencos, Cornelis Cort y Paulus Pontius, como ha demostrado el profesor Manuel García Luque. Una sirvió para las ruinas, entre las que aparece, enmarcados en arcos superpuestos, la mula y el buey y un anecdótico personaje, invención de Arce, que se asoma con curiosidad para presenciar el momento. Y otra se usó para el resto de figuras, incluidos, en cada extremo lateral, tanto los dos soldados y los dos pajes, como San José, de discreta presencia tras la Virgen.
Una suntuosa policromía completa una obra escultórica en la que Cristo se manifiesta o revela como Hijo de Dios y Salvador ante el mundo. Un mundo encarnado por esos reyes que vienen de diferentes puntos geográficos. Y un mensaje que viene a triunfar sobre un clasicismo pagano que se derrumba.
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