Escribo porque es la única forma que tengo de ahuyentar a mis miedos. De salir airoso del tedio que aprisiona mis huellas. De mirar al horizonte con calma poética.

Escribo porque al escribir, siento la libertad corretear entre mis dedos, como cuando remojo mis pies en la orilla de cualquier mar o beso tu espalda mientras gimes mi nombre.

Escribo para dejar un legado. Para que conozcan los pasadizos de mi alma. Para que se sepa qué escondo detrás de mis silencios.

Escribo para que mi hijo sepa quien soy; algún día, cuando él resiga mis palabras, sabré que todo esfuerzo mereció la pena al verlo leer.

Escribo porque así hago las paces con el mundo y el mundo me deja vivir en paz.

Escribo porque es la forma que tengo de rezarle a Dios. Cada vez que me enfrento a un romance o a una décima con sabor a cuaresma, ahí está Él, prendío a mis torpes ecos.

Escribo para aliviar mis cicatrices. Para masticar mis inquietudes. Para acunar la Esperanza de que un día las teselas de mi piel volverán a orearse con el sol.

Escribo para que mi mirada sane. Para que mis suspiros sigan latiendo. Para ver amanecer entre metáforas, puntos y comas y la noche sea un recuerdo de sonrisas.

Escribo por puro instinto; nadie me ha enseñado este oficio, nadie se ha detenido en decirme cómo se conjugan los espacios, nadie me espera apoyado al final de la clase para aplaudir mis versos.

Escribo sin saber si lo que escribo está bien escrito.

Escribo para ser un calco de esos otros que una vez escribieron.

Escribo para enamorar. Para decir: aquí estoy. Para marcharme por donde he venido mientras me lees, me criticas, me juzgas...

Escribo para adormecer al veneno de la palabra.

Y escribo porque no se hacer otra cosa que juntar palabras.

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