Después de un fin de semana en el que en Jerez hemos tenido una alternativa de ocio y cultura durante viernes, sábado y domingo, la rutina azota una vez más y todo vuelve a la normalidad. Importante destacar, por cierto, la buena gestión de algunos, que han logrado que la Plaza Belén tenga, al menos durante tres días, un sentido al margen de lo que solemos ver en cuanto a cultura en esta ciudad.

Y es que la música, la cerveza y los buenos ratos con la familia y los amigos siempre recargan las pilas, aunque acabes con dolores en todos los huesos. Más aún cuando el sol acompaña y te dejas llevar por la adrenalina de los conciertos. Momentos eufóricos y liberadores que te hacen olvidar incluso cualquier problema del día a día.

Sin embargo, tras todo esto, vuelves a abrir la puerta de casa y el silencio y la tranquilidad regresan a tu mente. Es entonces cuando, de nuevo, encuentras la silueta, la voz, la mano y el olor que te acompañan en la mencionada rutina, aunque no siempre sea todo el tiempo que te gustaría. Placeres que, por desgracia, muchas veces solo valoramos cuando ya no los tenemos y que nunca está de más el pararse a darles importancia. El café 'espabilador' de antes de trabajar, la cerveza de después, la cena -aunque sea a las tantas- o el breve paseo al hacer algún recado. Las buenas noches, los buenos días, los mensajes de "llegué bien" y los de "ya voy para casa". El calor en invierno y la brisa fresca en verano, las partidas de cartas, los capítulos de esa serie que ya has visto un millón de veces y ese silencio acogedor.

Pararse a pensar, de vez en cuando, en la suerte de nuestro día a día, hace darle la importancia que realmente tiene frente a los oasis de diversión que te da la calle. Y es que no es casualidad que Chico Ocaña, en su disco 'Canciones de mesa camilla', lo dijera tan claro: "Porque el mejor fin de semana es despertarse el lunes en su cama, escuchando los pío pío' por la ventana".

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