Felipe Ortuno M.

Parábola

Desde la espadaña

10 de julio 2024 - 03:06

Había un agricultor piadoso que solía rezar con frecuencia; si bien su plegaria era un poco quejicosa y gemebunda. No había día que no se lamentara del contratiempo y la mala cosecha: que si no había llovido lo suficiente, que si la helada había quemado la siembra, que si el viento rompió la flor, que si… que si… Así siempre, enojado por su suerte y descontento de la recolección.

Resultó que Dios, cansado de tanto lamento, bajó de su estrado para apaciguar al fiel labriego –¿Qué te ocurre, buen amigo, para que tengas tanto sollozo y desazón? –inquirió Dios en tono paternal. –Nada me sale bien, respondió el afligido campesino. El tiempo no me acompaña y se malogra cuanto siembro. Las cosechas son exiguas y apenas alcanzan para mantener a la prole. No sé qué hacer si tu no me ayudas. Mi trabajo es en valde y los beneficios escasos –contestó cabizbajo y con mucha vergüenza de estar hablando con el mismísimo Hacedor.

Sintió el Señor compasión de este fiel suyo por su llanto, y, para no dejarlo desconsolado, así le habló: Puesto que eres un hombre fiel y tienes tanta confianza en mí, por ser un buen hijo y rezar con tanta insistencia, te concederé que suceda con la climatología cuanto te convenga y requieras a cada estación del año. Que te obedezcan las nubes, que el cierzo llegue por el norte y el levante cuando te convenga, que todo lo que pidas se cumpla según tu deseo y así el sol como las estrellas se pongan a tus órdenes. Porque yo, tu Dios, así lo mando y lo deseo. Cúmplase cuanto me has pedido pues tu palabra en la atmósfera será mi palabra y tu deseo el mío.

Quedó el labrador contento con lo que había escuchado y diligente comenzó con las tareas propias de la sementera. Labró la tierra hasta dejarla mullida y húmeda, en su punto, para recibir el grano: primero la siembra, después la lluvia. Así durante todo el año, recibiendo lo oportuno, sol y rocío, según la conveniencia, noche y día, calor, templanza y frío para apaciguar su crecimiento, todo lo deseado en otoño e invierno, lo mismo que en primavera, todo a su tiempo justo y con el tempero que el agricultor deseaba. Nada faltaba a su requerimiento, y Dios así cumplía con exactitud cuanto le había ofrecido en su día. Porque su palabra es eterna y no falta jamás a su promesa.

Llegó por fin el tiempo de la cosecha, la mies amarilleaba en la llanura y se abría la tierra deseosa como una madre de dar su fruto abundante; mientras, el corazón del agricultor palpitaba con avidez por recogerlo. Comenzó la siega y fueron los segadores apilando las gavillas en el surco del tajo. Bien dispuestos, los haces se alineaban como soldados dorados atentos para recibir las órdenes de su amo.

Este año, se decía para sí el bienintencionado labrador, la cosecha será tan abundante que dará para almacenar y vender, para descansar del duro trabajo y asegurar el futuro que me espera. Tuvo primero que apilar la mies, acarrearla a la era y allí disponerla para la trilla, aventarla para separar el grano de la paja y cernirla con el harnero que limpia las imperfecciones del grano.

Fue que, después de hacer tan arduas faenas, el agricultor no daba crédito a lo ocurrido: ¡Apenas había grano! ¿Qué había ocurrido? Volvió el buen hombre a implorar a Dios. Se extrañó el Señor de tan amarga llamada y oyendo el clamor de su fiel accedió a los ruegos y plegarias, porque Él siempre escucha el clamor de su hijos –¿Qué te ocurre ahora? –dijo Dios– ¿Por qué lloras como un niño y te lamentas como los paganos? –¿En qué te he sido infiel, Señor? ¿Por qué no me has concedido el grano y la cosecha como te pedí? ¿Qué mal he hecho contra Ti? –se lamentaba el agricultor, mientras no daba crédito a cuanto le estaba sucediendo –¿Acaso no te he dado todo cuanto me has solicitado? Sol y lluvia, todo a su tiempo como deseabas ¿Por qué gimoteas? –Si en algo te he fallado a lo largo de este tiempo –dijo compungido el labrador- dímelo y castígame como merecen mis pecados; pero si he sido fiel a tus mandatos ¿por qué me tratas así? ¿Qué he hecho mal para ser ahora el hazmerreír de todos y Tú a su vez motivo de mofa?

Tomó entonces Dios la palabra, y conforme a la condición de su rango divino dijo: Cuanto me has pedido te he dado, me has llamado y te he respondido, tu grito ha llegado a mis oídos y mi gracia te ha rociado con su abundancia. A ningún ruego que has hecho me he negado y he estado atento a todas tus súplicas y requerimientos. He sido un Padre bueno contigo escuchando tus lamentos ¿En algo te he fallado? ¿Aún no sabes qué te falta y piensas que he sido yo quien te ha castigado? Recapacita en tus adentros y atiende a la voz de tu súplica para saber qué es lo bueno y qué lo malo, por qué ocurre lo que ocurre y cuál la causa de todo cuanto acontece. Todo te lo he dado y aún te daría más si supieras pedir lo que necesitas. A tiempo te di calor y frío y he extendido mi manto sobre tus cosechas para que te dieran en la abundancia que pretendías. ¿Y ahora me preguntas qué he hecho? Todo te lo he concedido; pero te has olvidado de pedirme tempestades, las que modulan la naturaleza del paisaje, tormentas, que purifican de las plagas que no has sabido controlar. Hijo, te ha faltado pedirme Tormentas.

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