No sé si por edad, hipersensibilidad o cobardía, pero llevo cierto tiempo en que se me hacen insufribles las escenas dolorosas; huyo de ellas, como el diablo de la cruz. No puedo, es demasiada gabela para mis sentidos. Lo que, en Semana Santa, me resultaba seductor, por su dramatismo iconográfico y estético, se me ha vuelto demasiado arduo y espinoso. El cuerpo de un Cristo torturado, convocando a la piedad y misericordia, se me ha revertido irresistible tras el infierno de angustias que estamos viviendo. No consigo deslindar la realidad representativa de esta hodierna masacre ucraniana. Se me han fusionado las dos visiones convirtiéndose en un abismo afectivo desesperante. ¿Cómo es posible que esté acaeciendo este suicidio de la razón colectiva?

Porque aquí, después de la experiencia de guerras vividas, sabemos que nadie va a salir invicto, ni el crucificado (por supuesto) ni el invasor, ni el torturado ni el torturador. Del horror de una guerra nadie sale sano, porque además de morir el cuerpo se está envenenando la memoria y matando el alma, de tal suerte que se quebranta la esperanza de la historia con esta ostensible deshumanización.

No puedo resignarme a lo escrito por Dante en el frontispicio de la entrada del infierno 'perded toda esperanza los que aquí entráis', porque tendría que renunciar a mis convencimientos cristianos; pero siento el zarpazo de cierto abatimiento ante este ser humano tan prometeico y autosuficiente, tan ficticio. Después de tanto progreso histórico, innegable en todos los sentidos, aún martillean mis sienes las preguntas y el por qué. ¿Cómo unas personas pueden llegar a eliminar a otras por la razón que sea? ¿Cómo puede un fin, cualquiera, justificar un medio de destrucción y aniquilamiento de un pueblo? Soberbia. Esa que aparece siempre detrás de cada aberración histórica y convierte la existencia más pacífica en un verdadero infierno apocalíptico.

Da igual los motivos que sean, o que se busquen, para justificar una acción de guerra e invasión de semejante calado; probablemente confluyan causas religiosas, jurídicas, territoriales o ancestrales, al final se llega a la patología de la justificación de siempre; da igual, porque siempre los muertos serán los inocentes que nunca supieron la razón de su propio sacrificio. Como una entrega inútil, como un cuerpo vacío de sentido y de esperanza.

No sé a quién corresponderá devolver el orden roto, ni siquiera si es posible un castigo disuasivo que corresponda a alguna expiación posible, no sé si el ojo por ojo del talión puede, por razón equitativa, parar en algún momento esta rueda bélica de repercusiones insospechables. La tortura pública que se está infringiendo al pueblo ucraniano es inconcebible y, hasta hace muy poco, inimaginable; desgarros, soportados por la población más indefensa, impuestos por la arbitrariedad de un imperio opresor, al estilo más lamentable de la ocupación nazi en la 2º guerra mundial. Acabamos de salir de la conculcación de los derechos humanos ocurrida en la cruel guerra de los Balcanes; hemos contemplado las masacres de Ruanda y la guerra de los Grandes Lagos; los noticiarios no han dejado nunca de anunciar calamidades esparcidas por todos los rincones del mundo. ¿Cuándo ha de parar esta barbarie? ¿Tienen las Naciones Unidas capacidad de poner algún límite, que nunca pueda ser traspasado, siquiera porque tan sólo no perdamos la mínima dignidad que nos corresponde?

Porque es aquí, en el respeto a la dignidad humana, que debe estar por encima de los estados, lo que pone en juego el derecho democrático y la pervivencia de cualquier civilización. O ponemos límites incondicionales, que no puedan ser traspasados, o el hombre horizontal, sin referencias de respeto a un absoluto, se perderá en las nimiedades de sus propios términos. La embriaguez de poder lleva al odio, y éste a la destrucción del ser humano. No hay otra fórmula. Lo sabemos. Por ello, es preciso que los principios dobleguen la tozudez del tirano, antes de que el ejido de girasoles vuelva a convertirse en la vergüenza de un campo de concentración.

De momento la fuerza la tiene el sádico y la buena voluntad las naciones desunidas que siguen pensando en las musarañas de lo irreal. ¿No vemos, acaso, las filas interminables, las mareas humanas de exiliados, las caras de las madres abrazando a sus hijos, dejando atrás, quién sabe si para siempre, las miradas descompuestas de padres y maridos? El Cristo de nuestras procesiones se ha adelantado a la semana santa en las caras y rostros torturados de tantos hermanos que sufren la zarpa desgarradora del Imperio. Un nuevo César ha renacido y un nuevo Pilatos ha vuelto a levantar la secular tortura del flagelo sobre la carne inocente de la historia. La Pasión se ha adelantado en ese Dios con nosotros, en el lugar de Ucrania, con la noche de todos los tiempos que ha vuelto a reeditarse en el rostro de esas filas de penitentes acosados por el hierático Vladímir Putin. Aquí está Dios torturado, mirándonos con los ojos de todos los seres humanos atormentados. Este año la Pasión se nos ha adelantado.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios