Silencio
Silencio
Muchos de los visitantes que acuden a diario a la Cartuja de Jerez quedan sorprendidos por varias razones; destacaría la magnitud del lugar -el Claustro más grande de España- y la forma de vida del monje Cartujo. Su régimen de vida se percibe con dureza, por el silencio, la soledad compartida, la frugalidad de su existencia y el aislamiento del mundo en una vida contemplativa: “Stat crux dum volvitur orbis”, el Mundo gira, la Cruz permanece. En las sociedades occidentales de esta nueva centuria, comprender el silencio se ha convertido en una quimera inalcanzable.
La era digital, la conexión global que tanto progreso ha procurado, nos mantiene pegados a una pantalla. La cultura del entretenimiento atrapa sin piedad cada vez más adeptos y la lógica de la inmediatez nos tiene constantemente impacientes. El mundo es hoy sobre todo ruido, prisas, eficiencia, productividad; pero tambien ocio, espectáculo y superficialidad, la vida propia y ajena expuesta en la selva de la red social.
En la era de la reivindicación de una libertad aparente, el hombre no ha acabado con la enfermedad del alma, más bien al contrario, su dolencia se recrudece y aun cuando lo niegue, busca consuelo, a veces en sitios pocos recomendables. La búsqueda del silencio y la vida contemplativa no es una locura ni una excentricidad sospechosa, sino un signo de inteligencia y madurez espiritual, la medicina del alma más eficaz por mucho que esta cultura secular la considere un anacronismo. Nuestra historia y la manifestación artística de los siglos precedentes así lo atestiguan. Volver la mirada sobre aquello no estaría mal.
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