El parqué
Recortes generalizados
Vergüenza ajena es lo que se siente ante la ridícula, deplorable y patética actuación de Corina Machado entregando a Trump la medalla de su Premio Nobel. La postergada Corina fue recibida en la Casa Blanca por la puerta de servicio y a escondidas. Y, aun así, sus declaraciones posteriores han sido laudatorias y genuflexas hacia un tipo que ha bombardeado su país y secuestrado al titular de la Jefatura del Estado. Esto incapacita a Corina para cualquier futura responsabilidad política e institucional y desprestigia –aún más, si cabe- al Premio Nobel.
Pero Corina no es la única: Hemos visto cómo toda una presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, se tuvo que reunir con Trump en un campo de golf privado haciendo trizas la representatividad e institucionalidad que se le supone por su cargo. Y también vimos en la Casa Blanca a varios presidentes europeos, con Macron a la cabeza, apretujados a un lado de la mesa presidencial enfrente de Trump que disponía cómodamente del otro lado para él solo. Una vez más queda claro que a Europa no se la respeta. Ante actitudes chulescas (Groenlandia), Europa no responde o responde con tibieza y servilismo para que no se enfade el amo del cortijo. El problema es la propia esencia del proyecto europeo actual. Un proyecto que, desde su origen, ha puesto los asuntos económicos y la burocracia por delante de cuestiones sociales y políticas que, a la larga, son las que permitirían tener una Europa cohesionada y fuerte, capaz de ser un contrapeso eficaz a esa especie de Jesús Gil que pretende gobernar el mundo desde su mansión de Mar a Lago como si se tratase de una partida en la que él fuera el árbitro además de jugador.
Muchas personas que nos consideramos europeístas creemos que otra Europa es posible. Porque la actual, también es para sentir vergüenza ajena.
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