Alguien debería sacar el tabaco

13 de septiembre 2019 - 01:39

Defiende Javier Cercas en su libro Anatomía de un instante, una indagación sobre el intento de golpe de estado del 23-F, que la Democracia española fue posible gracias a una cadena de traiciones: Carrillo al comunismo, Suárez al Movimiento, Gutiérrez Mellado al Ejército... y así hasta el apuntador. Puede que, en efecto, nuestra Transición fuese una gran conga de felones, pero también lo fue de hombres maduros y plenamente conscientes de sus responsabilidades e intereses personales. Por ejemplo, aquellos tipos de corbatas imposibles y patillas pobladas sabían que no podían permitirse la cara acontecida, el desaire, los dimes y diretes a lo Pimpinela. A la hora de la verdad, uno se sentaba a negociar y echaba todas las horas que hicieran falta. Toda la noche si se terciaba. Sin conciliación ni vainas: los niños con las tatas. Quizás ayudó la generalizada condición de fumadores de los hombres y mujeres de los setenta y principios de los ochenta. La nicotina y la cafeína fueron la epidural del parto de la Democracia. El tabaco, además, tenía la virtud de romper el hielo, como se suele decir. En la España de antes, cuando uno llegaba a un grupo de desconocidos, echaba mano del paquete de Ducados y ofrecía. Aquello era como el saludo brazo en alto de los sioux, señal de que se venía en son de paz. Cuántas barreras y desconfianzas ideológicas e históricas no habrán caído gracias al simple gesto de meter la mano en el bolsillo de la americana, sacar la pitillera y ofrecer. Ahora, nos tememos, lo hacen con barritas de Biomanán. Y así va la cosa. ¿Qué cómo va la cosa? Pues ya ven: con una generación de políticos infantiloides, mimados por la opulencia y la democracia, que se dedican a las peleas adolescentes: a Pedro le cae mal Pablo y no lo saluda en el Hemiciclo; Pablo detesta a Albert y dice, chincha rabiña, que no ha leído a Noam Chomsky ni a Zizek; Albert no quiere jugar en el mismo equipo que Casado... Carrillo llevaba sobre su conciencia Paracuellos y Suárez las cunetas, pero cogieron la petaca y se pusieron a hablar. Nos gustarán más o menos los acuerdos a los que llegaron, pero lo hicieron como hombres plenamente conscientes de lo que estaba en juego (tanto para España como para ellos mismos). Ahora, sin embargo, sólo vemos a reinas ofendidas y narcisistas deambular por el Parlamento, gallitos de Twitter incapaces de formar un Gobierno que saque a España del atolladero sin depender de ERC o Bildu. La política de hoy no es líquida a lo Bauman, sino de la textura esponjosa y pegajosa de las nubecitas de fresa y nata. Alguien debería sacar el tabaco.

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