Uno de los libros que más me ha gustado últimamente no es precisamente una novedad editorial. Se llama Cazador de espías -Spycatcher en inglés-; se publicó a finales de los 80 y es la autobiografía de un espía retirado, Peter Wright, que defiende que su antiguo jefe en el servicio secreto británico fue en realidad un topo de la KGB durante años. Wright lo escribió a cuatro manos con Paul Greengrass, un joven periodista que años después se convertiría en un oscarizado director de cine. El Gobierno de Margaret Thatcher intentó en vano prohibir su publicación. Y el ex agente vivió un retiro dorado gracias a la venta de millones de ejemplares avivada por el morbo.

El libro que cayó en mis manos era especial: una primera edición, mal traducida al español y con erratas, lanzada con urgencia antes de que fuera secuestrada por los jueces. Y en su solapa había un sello rojo que ya había olvidado: Librería Alternativa; calle Armas, 7. Jerez de la Frontera. Apenas tengo recuerdos de ese estrecho local, que hasta hace muy pocos años todavía tenía un luminoso desvencijado que rezaba Librería. Yo era un niño cuando La Alternativa -como todos la conocíamos- se trasladó a la plaza del Arenal, a los bajos de la Gerencia de Urbanismo. Y todavía siento la emoción de aquel mocoso que no quería salir del rincón, al fondo a la derecha, donde reposaban los pocos comics de Tintín y Asterix o los libros de Alfred Hitchcock y los Tres Investigadores que faltaban en una voluminosa colección heredada de sus hermanos mayores.

La Alternativa cerró años después, como también echaron la persiana Álvarez, Calzados Valero o Rianal, esos emblemas que formaban la santísima trinidad comercial cuando mis padres decían eso de "niño, vamos al centro a comprar". Sé también que el final de La Alternativa, como el de tantos otros negocios familiares, fue agrio y degeneró en disputas judiciales. No quiero saber los detalles ni me interesan. Prefiero quedarme con el recuerdo de ese rincón al fondo a la derecha.

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