Mikel Lejarza

Atascados

Quizás

Reflexionó sobre la actitud de quienes sólo admiten una sociedad basada en sus propios principios

09 de julio 2021 - 01:35

El escritor de novelas de misterio se dirigía a su oficina de notario dispuesto a pasar una mañana más firmando papeles, conduciendo por la abarrotada circunvalación de su ciudad mientras escuchaba canciones de Van Morrison. El tráfico se detuvo, encendió la radio y prestó atención a varios comentaristas hablando sobre la creación en Madrid de una oficina para promocionar al español. La noticia le dejó perplejo. Estaba de vuelta de todo y nada le sorprendía, pero descubrir que, al parecer, su lengua, la de sus padres y abuelo estaba amenazada en la capital de España le resultó inaudito. No se imaginaba que en Londres el inglés estuviera en peligro. Concluyó que tampoco tenían a Toni Cantó.

Los coches comenzaron a moverse, pero lentamente; algo extraño sucedía. Conocía bien el recorrido y no era normal. En la emisora discutían sobre la idoneidad o no de los indultos. Se preguntó por qué tanto tiempo después de pedir diálogo, cuando se apreciaban tímidos intentos por llevarlo a cabo, se criticaba el intentarlo como si de una cesión vergonzosa se tratara. Recordó a quienes saludaron el final de ETA como una derrota ante aquellos gánsteres metidos a terroristas; los mismos que ahora hablaban sin parar de que España se rompía por la dejación del Gobierno dispuesto a pactar con los enemigos de la patria lo que fuera con tal de permanecer en la Moncloa. Acababa de venir de Bilbao, que seguía donde siempre estuvo, y había comprobado que la antaño conflictiva ciudad era ahora tan tranquila y aburrida como Luxemburgo. Derrotada ETA, el País Vasco continuaba formando parte de España y en sus calles se seguía hablando el mismo idioma en el que escribió Unamuno. Ahora toca Cataluña y los mismos profetas del pánico declararán el estado de terror ante lo que ven una independencia inevitable. Pero en verdad, a sus amigos catalanes lo que les preocupaba eran Messi, las finanzas del Barca y las suyas propias. Reflexionó sobre la actitud de quienes sólo admiten una sociedad basada en sus propios principios, y se cuestionó sobre qué construyen los profetas de la crispación.

Entonces vio la causa del atasco. Un accidente. Un cuerpo yacía sobre el asfalto. Al día siguiente leyendo la prensa, se enteró de que el fallecido era un joven de 20 años que se dirigía por primera vez a ver el mar. Su alma de notario dictaminó, que vivir va de entender que no es cosa de un día más, sino de un día menos; pero que algunos permanecían atascados en lo de siempre y más preocupados en alzar la voz, que en mejorar sus argumentos.

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