José Antonio Carrizosa

¿Quién?

05 de octubre 2017 - 02:10

El Rey tuvo que salir el martes por la noche a taponar la hemorragia por la que el prestigio del Estado se desangraba tras el terremoto del domingo, que tuvo una seria réplica dos días después con la ocupación masiva de las calles en la huelga política propiciada desde la Generalitat. Sumen a ello la campaña de acoso, de características filoetarras, a los policías y guardias civiles desplazados a Cataluña y tendremos una situación muy cercana a una intentona golpista. Nadie sabe, aunque todos nos las podemos imaginar, las presiones que debe estar teniendo Felipe VI de estamentos políticos, económicos y también militares ante el deterioro de la situación y la inacción del Gobierno. Esta vez la crisis es de una dimensión tal en la que no hacer nada era la peor de las elecciones posibles y ésa es la que ha escogido un Mariano Rajoy convencido de que los jueces y fiscales podían sacarle las castañas del fuego. Ahora ve cómo su imagen dentro y fuera del país pierde enteros a media que pasan los días.

El Jefe del Estado ha asumido con su decisión de ponerse al frente de la defensa del Estado -y además hacerlo sin medias tintas ni tapujos- muchos riesgos. Es muy diferente de lo que hizo su padre en la madrugada del 23-F. Entonces Juan Carlos compareció cuando ya estaba claro que ninguna región militar se ponía al lado de Milans del Bosch, lo que hacía inviable el golpe. Ahora Felipe tiene bastantes papeletas para salir malparado e incluso puede estar jugándose la Corona en el envite. El Rey se ha subido a una ola -quizás no le quedaba otro remedio- que no sabemos en qué playa va a romper y lo ha hecho en plena tormenta. La Historia no le podrá reprochar ni falta de valentía ni de compromiso con la defensa del Estado.

Pero la salida del Rey se produce en medio de una pasividad culpable del Gobierno de la nación que tiene que ver con sus propias incapacidades, pero también con una actitud que cuesta mucho trabajo explicarse del primer partido de la oposición. La equidistancia de Pedro Sánchez, basada en cálculos de interés cortoplacista, le va a pasar factura al PSOE. Los socialistas representan a un sector muy importante de las clases medias españolas que se está quedando sin referentes políticos.

Esta crisis de Estado, la más grave sin duda de la democracia española, está dando la medida de nuestros dirigentes y está ayudando a que coloquemos a cada uno en su sitio. La situación no hace sino empeorar porque en Cataluña se está pasando de una insurrección institucional a una popular que se libra en las calles. ¿Quién arregla esto?

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