Su propio afán

Caballo de vuelta

Aunque la UE está muy satisfecha de su laicismo, las civilizaciones se forjan en la fragua de sus religiones

La historia, si no nos andamos con ojo, se repite. El europeo Ulises coló a los proto-turcos de Troya lo del caballo. Como se sabe, por dentro iba hasta arriba de aguerridos aqueos. Meter a Turquía en la Unión Europea, tal y como apoya Pedro Sánchez, es permitir que nos devuelvan el truco del caballo al cuadrado, con toda una cuadra de casi cien millones de turcos. Yo haré, qué remedio, de Casandra.

Lo más contrario a la admisión son las razones a favor. Están levemente teñidas de chantaje. Si no se le deja entrar, deja entrar a los emigrantes que retiene a medias. El apoyo de Turquía a la OTAN hace que Estados Unidos nos presione, pagando los servicios prestados con moneda ajena. Encima, interesa a Alemania tener satisfecha a su numerosa población turca.

Las razones para no meter el caballo turco tampoco son mancas, lo que trae el recuerdo de Cervantes y de Lepanto, con perdón. Aunque Europa está muy satisfecha de su laicismo, las civilizaciones se forjan en la fragua de sus religiones. La cuña de la media luna turca es de otra madera, como comprobaríamos pronto.

Para los más utilitaristas, las diferencias económicas tampoco presagian una incorporación sin perturbaciones en el mercado laboral europeo. Después está un pequeño dato geográfico. Turquía está en Asia. ¿Europa es un concepto flexible, como dicen que es el género?

Por último, hay países que tragan con todo, sí, como Alemania, o Suecia, definida por el filósofo polaco Legutko como "la Arabia Saudí de la corrección política" o esta España de Sánchez. Pero no parece que Hungría, Chequia o Polonia fuesen a pasar por el aro. El caballo de Turquía terminaría de reventar las delicadas costuras de la Unión Europea.

¿Es posible que Pedro Sánchez no vea estas amenazas? Es imposible no verlas, pero o le apetece forzar las costuras de la vieja Europa terminalmente cristiana o piensa que a él le urge que los negocios fluyan (y los flujos de migrantes, no) estos pocos años que le quedan en el Gobierno. Quien venga detrás que arree. Y todavía hay una tercera posibilidad. Que esté seguro de que países más serios vetarán la entrada del caballo, mientras que él hace simpáticas cabriolas para el turco, a ver qué le saca, delegando su responsabilidad en esos gobiernos europeos a los que públicamente desprecia y desgasta. El peligro estriba en que, delegación por delegación y cada cual mirando por lo suyo, nos cuelen al equino.

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