CASI sin darnos cuenta, aquel elemento arquitectónico que imperaba en muchas plazas y calles de muchas ciudades ha desaparecido sin hacer ruido. Sí, aquellas cabinas por las que antaño desfilaban miles y miles de personas buscando el calor de un amor, el consejo de un amigo o la compañía de la familia han sido eliminadas de nuestro paisaje de un plumazo, y hoy en día apenas quedan unas cuantas olvidadas en una esquina, todo por la dictadura del móvil. Las cabinas han formado parte de nuestra vida, a veces para bien, con una llamada que te alegraba el día, otras para mal, porque se tragaban el dinero sin que pudieras hacer nada por recuperarlo. Han sido objetivos de los cacos, de los trucos (quien no ha colgado dos veces seguidas o ha utilizado aquel viejo truco de los cinco duros y el hilito) e incluso del cine, con aquella mítica película de López Vázquez. Y es que de una forma u otra todos hemos compartido algo con ellas.

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