La Andana

Alejandro Martín

amartin@grupojoly.com

Carrera oficial

N O soy cofrade ni creyente. No me pregunten por ritos, imagineros, fechas o nombres de marchas. Pero sí siento un profundo aprecio por la gente que practica su fe. Será el poso de catorce años en las aulas de los marianistas. Un respeto que a veces se muda incluso en admiración. Fíjense bien en ellas. Las personas verdaderamente creyentes son fáciles de identificar. La fe les brinda un sentido a su vida además de resiliencia ante las adversidades. En ella encuentran una respuesta a esas preguntas trascendentales sobre el espacio y el tiempo que a los demás nos desvelan en las noches de insomnio y para las que la ciencia aún no tiene una explicación cabal.

Habrá otras formas, y todas son muy respetables. Pero en nuestra cultura, la Semana Santa es una de las máximas expresiones de ese fervor. No es necesario ser religioso para dar un respingo al ver la plaza de San Miguel iluminada por los cirios en la madrugada del Viernes Santo. O emocionarse ante el Cristo de la Defensión mientras uno trata de agazaparse en una pared de Carpintería Baja para no ser arrastrado. No son los únicos sitios. Son los míos. Cada cual puede añadir su mirada, su propio momento, su rincón favorito. La Amargura por la calle Naranjas. La recogida de la Viga. Es igual. Hay muchos donde elegir. Y todos merecen la misma consideración.

Quizás estoy equivocado. A lo mejor, la Semana Santa es una ecuación en la que el sentimiento y las creencias no son más que meras incógnitas a despejar, junto a intereses personales o políticos, favores, egos o número de palcos. Un cálculo en el que se entremezcla el espectáculo con el negocio. Un año arranca la Carrera Oficial en la Rotonda, otro en Cristina, y el siguiente en Aladro o el Mamelón. Puestos a proponer, podríamos llevarla a Chapín o al Circuito, donde no hay problemas para colocar sillas porque ya están instalados las graderíos. Pero convendrán conmigo en que estaríamos hablando de otra cosa. ¿O quizás no?

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