En tránsito

eduardo / jordá

Cela

CYRIL Connolly decía que, al morir un escritor, su recuerdo se hundía en el vasto océano, arrastrado sin remedio por un peso proporcional a la fama que había tenido en vida. La frase sólo es cierta a medias, pero en el caso de Camilo J. Cela, cuyo centenario se celebra hoy, no hay ninguna más justa. En su entierro, en 2002, hubo ministros y gaiteros, y todo tuvo el aire de una de esas tumultuosas romerías gallegas -a medias esperpento, a medias parada de los monstruos- que salían en sus últimas novelas. Pero al día siguiente ya parecía haberle alcanzado la maldición descrita por Connolly. Y él, que no sólo había sido famoso, sino que pesaba "más de doce arrobas" -por decirlo al modo arcaico que tanto le gustaba-, se fue hundiendo en el olvido. Y el único recuerdo que parecía haber dejado era el del figurón que hacía payasadas para llamar desesperadamente la atención, intentando, como decía él, "que hablen de uno, aunque sea bien". Y sin duda se siguió hablando de él -aunque poco-, pero de su literatura ya no hablaba nadie.

Es cierto que hay algo muy antipático en la figura de Cela -su cercanía del poder, su arrogancia, su insolencia, su machismo ofensivo, sus trastadas de niño grandote que estaba siempre llamando la atención-, pero quizá hemos sido demasiado crueles con él. No olvidemos que Cela vivió la Guerra Civil y la posguerra y tuvo que fabricarse un caparazón -por dentro y por fuera- para blindarse contra los ataques personales. Sabía que en la España negra del franquismo lo mejor que uno podía hacer era comportarse como un jabalí, con la esperanza de que unos le temieran y otros le envidiaran, y así conseguir el mínimo de libertad que le estaba vedada a la mayoría de la gente. Desde luego que en su época hubo gente mil veces más decente -pienso en Buero Vallejo, en Julián Marías, en la gran María Moliner-, pero él tuvo esa visión bronca de la vida y no se apartó nunca de ella.

Pero los libros de Cela merecen una segunda oportunidad. Hace poco cogí San Camilo, 1936 -una novela que hacía siglos que no leía-, y me quedé traspuesto. Había páginas muy buenas. Y lo mismo podría decirse de sus memorias de La rosa. O de La colmena, que sigue siendo una de las grandes novelas españolas del siglo XX. Tras su muerte, Cela se hundió, sí, pero poco a poco está resurgiendo de las aguas. Y algunos libros suyos van a volver para quedarse.

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