La ciudad y los días

carlos / colón

Cifras de vida y esperanza

CADA vez que nos muestran unos números para comunicarnos algo nos encogemos de miedo, como los perros apaleados cuando ven alzarse una mano. Tres años llevamos soportando cifras cada vez peores que ocasionan daños cada vez más graves a un número cada vez mayor de ciudadanos. Cada vez, cada vez… Un goteo que no cesa de malas cifras que trasladan pésimas noticias que hacen peores las vidas de la mayoría de los españoles y dramáticas las de muchos.

Por eso nos alegra tanto que el doctor Manuel Alonso, coordinador regional de trasplantes, nos dé cifras de vida y de esperanza. Cifras como las de los 734 trasplantes -una marca histórica- realizados por el sistema sanitario público andaluz. Cifras como los 457 trasplantes de riñón, los 203 de hígado, los 32 de corazón, los 24 de pulmón y los 18 de páncreas. Cifras como las de los 17 niños que se han beneficiado de estos trasplantes. Cifras como las los 2.000 injertos de tejidos, córneas, válvulas cardíacas, tejido óseo o segmentos vasculares de los que se beneficiaron más de 1.300 pacientes. Cifras como las de las familias de los 305 donantes fallecidos y los 71 donantes vivos.

Cifras que permiten que los andaluces nos sintamos orgullosos de nuestra humanidad. Me gusta más esta palabra que solidaridad. Porque humanidad alude a la vez a nuestras limitaciones (fragilidad o flaqueza propia del ser humano) y a lo que las supera (sensibilidad, compasión de las desgracias de nuestros semejantes). Humanidad somos todos en conjunto, porque la palabra también designa al género humano. Pero la plena humanidad de alguien se le reconoce cuando su sensibilidad y su compasión se sobreponen a la fragilidad y la flaqueza también propias de lo humano. Y las vencen.

Tras la muerte de un ser querido, sobre todo si es imprevista, todo invita a ensimismarse en el dolor, enemistarse con el mundo, ignorar a cuantos sean ajenos a esta tragedia que llena por completo hasta dejar estupefacto a quien la padece. El dolor es egoísta y posesivo, lo quiere todo para sí. Sobreponerse a él, venciendo esta flaqueza tan propia del ser humano -y haciéndolo cuando se es más frágil y se está más herido- es un acto grandioso en el que la compasión de las desgracias de nuestros semejantes se sobrepone a la desdicha propia. Gracias a ellos se mantiene nuestra esperanza en lo humano. A unos les han dado la vida y a los demás nos la han alegrado. Mejor: nos la han iluminado.

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