LA Iglesia católica defiende ser depositaria del cuerpo doctrinal entregado por Jesucristo para la salvación de los hombres. Y lo llama así, “depósito de fe”. Es misión de la Iglesia defender este depósito y difundirlo mediante la enseñanza, nunca por coacción. Se llama apóstata, al que niega la fe cristiana; hereje, a quien niega pertinazmente ese depósito de fe y cismático, al que no comulga con el Papa (canon 751).

El rojerío patrio, mayoritariamente bautizado es apóstata y hereje, pero no cismático. La izquierda internacional, no comulga con la hostia santa, pero sí con Bergoglio. Una realidad digna de estudio. Por el contrario, muchas beatas de misa diaria -todas octogenarias-, dicen sufrir dudas de fe cuando escuchan al jesuita argentino. Se dijera que estas adorables ancianitas son más cismáticas que los herejes confesos.Por otra parte, conviven dos Papas. Desde 1415, con Gregorio XII, no se conocía una renuncia papal y en esa ocasión fue precisamente para resolver el cisma de Avignon. Papa Francisco remitió el 16 de septiembre una carta al Arzobispo de Monterrey. Considera el Santo Padre que la independencia de México fue una afirmación de libertad y propone “purificar la memoria” reconociendo los errores del pasado y pidiendo perdón por los pecados personales y sociales, pero sin concretar pecadores. Muchos católicos no entienden estas afirmaciones, ni consideran que formen parte del “depósito de fe”.

Papa Francisco ha declarado a la BBC: “Rezo para que no haya un cisma, pero no tengo miedo”. A quien se tiene por teólogo del pontífice, el profesor bonaerense Carlos Galli, admite públicamente la posibilidad de un cisma. Innegablemente, Su Santidad cuenta con el apoyo entusiasta de herejes y apóstatas. Esperemos que, también, con el de muchos católicos. Aunque, como dice Francisco, no hay que temer al cisma.

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