Tierra de Nadie

Alberto Núñez Seoane

'Ciudadanos': ¿Del todo al mamarracho?

Sí, lo tuvieron todo, al menos, todas las posibilidades para lograrlo. Hoy, 'Ciudadanos' es un partido político 'partido'. Lo que, a mi entender, han hecho, ha sido escindir, separar, desunir, desconcertar -y todos los 'des' que ustedes gusten añadir-. Han 'sabido', y consentido, romper lo que hace algunos años ya, logró construir un líder entonces audaz, sorprendente y carismático, que se vendría a mucho menos de lo que hubiese podido significar: ni él estuvo a la altura de lo que nos hizo creer que era, ni los que llegaron luego para sustituirle rozaron, ni de lejos, el nivel necesario para continuar, con unas mínimas garantías, un proyecto que fue ilusionante y mereció ser determinante.

A ver, quiero aclarar que, en mi modesta opinión, la batahola comunitaria en la que vivimos -como ocurre 'en la viña del Señor'-, acoge a ciudadanos -sin más bagajes peyorativos-; a ciudadanos mamarrachos, en grados diversos y con distintas, y muy variadas, categorías; y, también, a mamarrachos, así, a pelo, que, sin merecerlo, se les considera, incluso, ciudadanos. Con relación a lo que hoy nos ocupa, y para evitar malentendidos, explico pues, que nos enfrentamos a una fauna variada: ciudadanos y 'ciudadanos', ciudadanos mamarrachos y 'ciudadanos' mamarrachos. Ya les voy explicando…

La R.A.E define mamarracho, en la acepción que viene al caso, como "persona que carece de formalidad y compostura y no merece ser tomada en serio"; encaja, ¡como anillo al dedo!

Hace ya unos años, en 2006, un tío 'echao palante', creativo, valiente, brillante y original, consiguió lo que parecía un imposible: puso en pie de realidad un nuevo partido político, primero en Cataluña y luego en toda España, consiguiendo un éxito arrollador en su Comunidad natal que se extendió a toda la nación, con resultados asombrosos. Por primera vez -desde la UCD de D. Adolfo Suárez (q.e.p.d), y salvando las enormes diferencias históricas, de trascendencia y de complejidad-, alguien, con posibilidades contrastadas de triunfar, mostraba la oportunidad de romper el aburrido bipartidismo, recuperando la inusual opción política de verdadero 'centro', hasta entonces sodomizada por PP y PSOE, sólo con la intención de arañar los votos necesarios para lograr más escaños, influencias y poder. Albert Rivera, un abogado desconocido, fue el protagonista de este logro inesperado, insospechado y muy necesario. Llegó a tanto, que consiguió ganar las elecciones en Cataluña; aunque golpistas, comunistas y parte de la mala izquierda, le impidieran gobernar, la victoria fue clamorosa e importante.

Luego, con el pasar del tiempo -sin entrar en detalles que no me permite el espacio del artículo-, Rivera se intoxicó de éxito. Un triunfo incontestable, sí, pero no lo contundente, duradero y condicionante que podría haber llegado a ser. Albert era el chico adecuado: culto, educado, atrevido, inteligente, bueno… 'perfecto': sólo él dejó de creer en Rivera… ¡una pena!

Se gustó en demasía, creo, se hipnotizó por el personaje que el mismo había parido. Su vida privada se vino abajo -él la echó abajo-, eso perturba… Alteró, o permitió que sucediera, creo que sin ser muy consciente de lo que hacía, sus esquemas, y lo hizo en todas las facetas que atañían a su vida; cambió carácter, disposición y actitud, alejándose de lo que le había llevado a conseguir lo que no parecía posible alcanzar…

He votado, en diferentes convocatorias, al partido que él creó. Lo que vino después: un deambular sin rumbo ni coherencia, me hizo sentir extraviado, desorientado, perdido y defraudado, en parte, también engañado. Perdió el norte: el personaje pudo con la persona, no estuvo a la altura que el destino, que él mismo persiguió, le había reservado: siendo inteligente, la suya ha resultado una inteligencia fracasada.

Tras una contundente derrota electoral, Rivera deja la política, "por coherencia", dice; si bien, estoy más que seguro que no fue esa la única causa de su decisión -tampoco entro en eso ahora-. Lo que después aconteció, supuso el comienzo del fin de una alternativa que España necesitaba, y que, una vez más, echó por tierra la vanidad acelerada, la torpeza incontenible, y la deprimente y desoladora falta de visión que caracteriza a un número, demasiado alto, de nuestro rebaño de empleados en política -que no son, ni han sido nunca, ni jamás serán, políticos-.

Vuelvo a aclarar -porque hay mucha susceptibilidad a flor de piel- que estas, mis opiniones, no van contra los votantes que siguen confiando en 'Ciudadanos', ellos sabrán, o no -como los que lo hacen por cualquier otro partido político-, las consecuencias de dar su apoyo a unos u otros; van, sí, contra muchos -no todos- de los dirigentes de 'Ciudadanos' -a más responsabilidad, más culpa-, que han conseguido hacer naufragar, de modo estrepitoso y definitivo, aunque hubiese sido eludible, un gran proyecto político que España y la democracia, necesitaban.

La señora Arrimadas no lo ha podido hacer peor. Sin duda se trata de una mujer que pudo ser una líder válida, y con recorrido; sin duda, tenía capacidad, más que suficiente, para haber dado la talla, incluso superar las expectativas generadas; sin duda, pudo haber conseguido lo que Rivera no llegó a completar… Pero, no sólo no ha hecho nada de eso que pudo hacer, es que ha deshecho todo lo que estaba, más o menos, hecho; además de dilapidar las esperanzas en la consolidación de una, tan conveniente, tercera fuerza política con cimientos sólidos y visos de perdurar: ni la fortuna, ni la vida, conceden dos veces oportunidad semejante a nadie, ya puede considerarse afortunado quien opte a una sola de ellas... y ella, que la ha tenido, la ha dejado en un proyecto de nada: Comunidad de Murcia… Comunidad de Madrid… Comunidad de Castilla y León… una, y otra vez ahora… Da igual a quien seas desleal, lo que importa es que seas leal o no.

No sé lo que pasará en las elecciones de hoy -es domingo cuando escribo-, no parece, eso dicen las encuestas fiables -es decir: las que no maneja Tezanos-, que vaya a ser nada positivo para un partido que han roto y descosido, que han llevado de la posibilidad del todo a la realidad del mamarracho. ¿Subimos el 'tonito', o lo dejamos como está…?

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