José Prenda

Colibríes mentales

La tribuna

09 de julio 2014 - 01:00

EN el último informe, denominado Mitigación, emitido por el IPCC se clama casi desesperadamente por un giro imprescindible para empezar a frenar el incipiente cambio climático de consecuencias ya irreversibles en muchos aspectos. Se alerta sobre la necesidad imperiosa de reducir las emisiones de CO2 a la atmósfera para no traspasar la barrera de los dos grados de elevación de la temperatura frente a épocas preindustriales. Este enfermo crónico que es el planeta, de pulmones maltrechos, no sólo ha continuado fumando, sino que ha aumentado el número de cigarrillos consumidos. ¿Por qué? A pesar del consenso generalizado -a estas alturas ya nadie duda de la realidad del cambio climático y de sus graves consecuencias, sean las que sean- no se consigue sosegar esta catástrofe. Mientras, nadamos en una marmita con el agua cada vez más agradablemente cálida. Hasta que acabemos escaldados. ¿Es que la estulticia no tiene remate?

En los últimos 30 años, en la comarca de Doñana se han venido usurpando de manera descontrolada recursos públicos -llámense aguas o suelo-, pese al deterioro evidente del medio y sus repercusiones negativas en salud ambiental y biodiversidad. La tragedia de los comunes. Con la excepción de la presión denodada y altruista del muy minoritario movimiento ecologista y de unos pocos del mundo de la ciencia, la mayoría se ha dedicado a mirar hacia otro lado. ¿Por qué se nos llena la boca de conservación del medio y sostenibilidad si nuestras acciones soportan justo lo contrario? No sólo no retardamos el cambio climático, ni siquiera evitamos la degradación de uno de los emblemas europeos de la conservación de la biodiversidad. ¿Por qué?

El análisis de cualquier proceso global impulsado por la especie humana a lo largo de su devenir nos muestra una irrefrenable tendencia al crecimiento: demografía, superficie urbanizada, explotación de recursos, subproductos indeseables y sustancias tóxicas derivadas de los procesos productivos, extinción de especies, etc. Crecimiento, tótem de la modernidad, clave de todos los Ges (G6, G8, G20, etcétera), pieza imprescindible para el bienestar humano. Sin crecimiento no hay empleo, no hay consumo, no hay coche nuevo, no hay felicidad. ¿Se puede compatibilizar crecimiento con cambio climático? ¿Cómo se conjugan crecimiento y decrecimiento?

La contención del cambio climático es el decrecimiento en la emisión de gases de efecto invernadero, que se ha multiplicado sin tino en los últimos años. Y ello implica una reducción en la producción energética a partir de combustibles fósiles. Aun a riesgo de parecer demagógico ¿alguien está dispuesto a pasar algo de frío? ¿O de calor? Mejorando la eficiencia de los procesos productivos e incrementando la cuota de renovables se puede, al menos, frenar la emisión de CO2. Ya tenemos, pues, el arreglo. ¿Quién lo cree? Más aún: ¿qué ocurriría si se encontrase una fuente energética limpia e infinita? ¿Secaríamos un poquito los océanos para aumentar la superficie urbanizable del planeta? ¿O rebajaríamos el Himalaya para dar salida a las apiñadas poblaciones del norte de la India, que apenas tienen sitio donde vivir?

El informe Mitigación comienza diciendo: "El cambio climático plantea riesgos para los sistemas naturales y humanos". Esta declaración simple contiene la esencia del problema, el error mayúsculo que nos impide vislumbrar soluciones a estos interrogantes. Son los árboles que tapan el bosque. La consideración de la dualidad ser humano-naturaleza genera un sistema de referencia equivocado, mejor ficticio, en el que alcanzar alguna solución real a los dilemas que tiene hoy el planeta, grandes o pequeños, de Doñana o del cambio climático, es imposible. Como en los grabados de Escher. Esta dualidad presupone la existencia del ser humano al margen del resto de criaturas, tal y como relata el Génesis. Desde el punto de vista científico, el único que busca verdades incontrovertibles y reproducibles, a día de hoy hay una sola biosfera con un único origen, de la que formamos parte los humanos como una especie, biológica y evolutiva, más.

Poseemos unos rasgos adaptativos peculiares -como cualquier especie- derivados de una morfoanatomía bípeda y un extraordinario índice de encefalización. Esto nos convierte en colibríes mentales y nos desvincula temporalmente de muchos de los factores que limitan el tamaño de las poblaciones. Este estrafalario desarrollo cerebral ha dado lugar a la conciencia, transformada en artefacto ético que nos coloca en una posición desde la que es utópico advertir soluciones a cualquiera de los problemas que generamos. Porque, en parte no las buscamos en nosotros mismos, son otros los que tienen la culpa, el sistema económico o quien sea, como así está ocurriendo. En parte, porque nos resta perspectiva. La conciencia puede que no sea más que un adorno útil, fariseo, para no sentirnos demasiado bien después de haber asesinado al vecino. Pero en lo demás, la respuesta que estamos brindando a la habitabilidad del planeta modificada por nosotros mismos es absolutamente biológica, primaria, carente de cualquier aditivo moral.

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