Puntual a su cita, llegó, como cada otoño, el Congreso de la Fundación Caballero Bonald, que celebró la semana pasada su vigésima edición. La redondez de la cifra, que ha pasado un tanto desapercibida, provoca una inevitable mirada retrospectiva por la que acuden a la mente una infinitud de autores y no menos sesiones inolvidables acumuladas en la memoria a lo largo de estos años. Se trata de impresiones muy diversas, como distintas las temáticas que han sido abordadas. Es algo que siempre me ha maravillado: la capacidad de reinventar la cita cada año. Desde que arrancara, bajo el manto de prestigio del titular de la fundación, hasta ahora, que nuestro Premio Cervantes no acompaña físicamente sus sesiones, el Congreso ha podido cambiar de sede, pero nunca ha perdido su coherencia y, sobre todo, su carácter. Las palabras de bienvenida de Caballero en 2001 han marcado quizás parte de ese carácter: «El tiempo es aceptable; la hospitalidad, generosa; y el vino, excelente». Los autores invitados destacan así la cálida acogida, de la misma forma que se sorprenden ante la numerosa audiencia que, muy a menudo, abarrota las sesiones. La participación de docentes, gracias al Centro de Profesorado de Jerez, se antoja fundamental en ese detalle, pues a los y a las profesionales de la enseñanza activos se unen aquellos que ya no lo son, pero mantienen su fidelidad como una antigua costumbre. Son estos solamente un par de los muchos rasgos que adornan este encuentro anual con las letras por la que Jerez es referente nacional. Tras la última edición, en la que se ha conversado acerca de las relaciones de la novela con la vida, personalmente, destacaría un valor añadido: el de la posibilidad de escuchar a los escritores invitados que estos congresos nos regalan, y la incitación a nuevas lecturas que esa escucha promueve. Viejo placer el de aprender cuando se retoma por gusto y sin urgencias.

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