Contante y sonante

El verdadero fraude está en otra parte y se cocina de otro modo

Quieren eliminar el dinero en efectivo contante y sonante. Parece ser que los nórdicos, tan civilizados ellos, serán los primeros en quitar de en medio esta forma de pago. Ya no habrá falsa moneda ni dinero negro ni billetes morados ni maletines que robar ni sobrecitos de regalo el día de reyes ni alcancías ni huchas ni cajas de caudales. El dinero que todo el mundo ansía tiene fama de estar sucio y propiciar el fraude fiscal. Quieren hacernos creer que tiene más facilidad para volverse negro y opaco frente a la pulcritud de un impoluto apunte contable. Vamos, que lo de desaparecer el dinero es por nuestro bien. Digo yo que, si esa es la finalidad, podían antes luchar por la desaparición de los paraísos fiscales.

No me gusta que nos quiten el dinero en efectivo. Supone una intromisión más en nuestras vidas. Implica que todo quede registrado por terceros, los movimientos de lo que gastamos y en qué lo gastamos dejando así expuesta nuestra privacidad. Sin la posibilidad de ser libres para escoger cómo queremos realizar un pago. No nos quedará otra que doblegarnos a los servicios financieros de las entidades encargadas de imponernos reglas para poder disponer de lo nuestro y cobrarnos por ello. Tendremos que pedir permiso. Deberemos tener buen comportamiento. Tendrán que autorizarnos nuestros nuevos padres contables que siempre tendrán la última palabra.

No podremos decir cabreados aquello de "deme mi dinero que me voy". Sólo nos quedará ir a otra entidad que sea la que rescate nuestro dinero y de la que seremos de nuevo cautivos. Una esclavitud como otra cualquiera en una sociedad en la que la libertad se compra con dinero. Perderemos nuestra capacidad de negociar rentas e intereses y las entidades financieras serán más fuertes y soberanas pues tendrán el monopolio del manejo de nuestro dinero. Estaremos expuestos a bloqueos, corralitos y expropiaciones. Seremos más insignificantes. Le llaman progresismo. Pero el verdadero fraude está en otra parte y se cocina de otro modo. Con y sin dinero en efectivo. Que no somos tontos.

Siempre me ha fascinado el bolsillo del delantal de las mujeres que venden cebollas y ajos a la puerta de la plaza de abastos. Es su caja registradora. Nunca se equivocan. Te dan la vuelta exacta, te regalan una mata de perejil para premiar tu fidelidad. Tienen las manos limpias y el alma buena, como dice el tango. Qué será de ellas y de los que mandan en su hambre.

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