Postrimerías

Cuba va

Aún parece lejano el momento en que los naturales de la isla podrán sentir añoranza de la dictadura

En el prólogo al formidable compendio donde recogió las impresiones de sus compatriotas tras el hundimiento de la URSS, El fin del homo sovieticus, citaba Svetlana Aleksiévich la voz sovok, que ella misma traduce como "pobre soviet anticuado', para referirse a las personas atrapadas por la ideología que imperó en su expaís -en las repúblicas que formaban parte de la Unión, como su Ucrania natal o la Bielorrusia adonde se trasladó de niña- durante la mayor parte del siglo XX. La propia Aleksiévich, que como suelen recordar sus detractores dedicó en su juventud un ensayo a Dzherzhinski, el fundador de la Cheka, embrión de la KGB para la que según es fama trabajó el presidente de Rusia, quien no se cuenta precisamente entre los devotos de la cronista, fue uno de esos partidarios recalcitrantes del modelo soviético, aunque su caída del caballo tuviera lugar poco antes de la descomposición del régimen, cuando viajó a Afganistán en vísperas de la retirada de las tropas invasoras. El término mencionado, que suena sarcástico pero es también autocrítico, en boca de una autora que se identificaba con los perplejos supervivientes de la era de los soviets, alude no sólo a la ideología, sino a toda una cosmovisión que contaba con su propio léxico -la neolengua característica de los estados totalitarios- y su propia "concepción del bien y del mal, de los héroes y los mártires". Se nos venía a la cabeza el libro de Alexiévich a propósito del drama que tiene lugar en Cuba, donde aún parece lejano el momento en que los naturales de la isla podrán sentir añoranza de la dictadura. Como tantos españoles, entre ellos, por cierto, los nostálgicos de la revolución pendiente, que pasaron por una experiencia similar a la de los soviéticos cuando de la noche a la mañana se disolvió el Movimiento, para no hablar de esa izquierda desnortada que sigue resistiéndose a reconocer el derecho del pueblo cubano a elegir a sus gobernantes, tuvo uno su época de simpatía o fascinación por el "aura mágica" de los guerrilleros que se enfrentaron al poderoso imperialismo yanqui, aunque algún pasaje de las almibaradas canciones de la nueva trova -"por amor se está hasta matando"- revelaba el trasfondo oscuro de la utopía caribeña. La espontánea consigna de la resistencia, "patria y vida", no puede expresar con menos palabras el hartazgo de muchos cubanos, a los que en vano tratan de presentar como delincuentes o agitadores a sueldo, de la apolillada retórica revolucionaria. Pero incluso en el mejor de los casos, a Cuba le queda un largo camino por delante. "Nadie -escribe Aleksiévich- nos había enseñado a vivir en libertad. Sólo nos habían enseñado a morir por ella".

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