E N estos días que han pasado desde las elecciones municipales hemos comprobado que la dignidad es un don que no acompaña a buena parte de la clase política. Si en estos comicios los 'indignados' han conseguido grandes resultados, otras fuerzas políticas han visto cómo su dignidad ha saltado por la ventana, como hace el amor cuando la pobreza entra por la puerta. El blanco y el negro, la noche y el día, lo ácido y lo dulce pueden llegar a unirse para forjar un vestido 'molón', un lindo atardecer o un caramelo realmente sabroso, pero en política la unión de adversarios, de gentes que no comparten la forma de hacer las cosas, siempre concluye con un estropicio que al final pagan los ciudadanos. El presidenciable socialista ha pasado de calificar a la gente de Podemos con los más terribles calificativos a mirarles con ojos de corderillo. Cuando lo que importan son los sillones y no la gente de a pie, como usted o yo, pasa lo que pasa, que no es otra cosa que acudir estupefactos a un reparto de puestos muy bien pagados. ¿Casta? Por supuesto. Todos.

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