Los personajes se hacen a sí mismos. Depredadores de diferentes tipos, los hay que ya salen llorados de casa, los que se maquillan antes de salir o los que tienen la sangre fría de reinventarse sobre la marcha. Todos ellos tienen importancia, porque son la prueba fehaciente de la existencia de vida en la Tierra. Lo curioso es que cuando las cosas se tuercen es cuando dejan asomar su verdadera personalidad. Es entonces, cuando son capaces de emocionarse y confesar sus pecados.

Pero en ese carrusel todo vuelve a ser ficticio. Al torero, le sale la vena artística, y es el primero dando largas cambiadas a diestro y siniestro. Al futbolero, la de los regates encadenados para irse de rositas. Al faraónico, la de la grandiosidad para ser salvavidas perenne y al religioso le aparece la del designio de los dioses para ser embaucador trascendental. Por desgracia suelen ser más hombres que mujeres, por aquello de la testosterona. Por eso hay quienes dimiten tras ganar tres champions o quienes no dejan el escaño ni con agua caliente. O alcaides de siempre que vuelven con ganas de montar saraos. Incluso algún que otro astronauta ministro, o algún gobierno con mayor número mujeres de todo el mundo. Es por ello, que deberíamos salir a la calle con un máster en comportamiento de los demás. Sean personajes públicos o quieran serlo. El aumento de las horas de sol hace que tengamos más tiempo de luz natural para observarles, y sin duda, es una dura tarea porque nos dejan tan fuera de juego que acabamos con el cerebro hecho un lío. Son muchos y muy aplicados. Están más extendidos de lo que suponemos. Les sobra histrionismo. Les falta sentido común. A ver si con más mujeres en lo nacional, lo autonómico, lo local, lo del barrio y lo familiar, somos capaces de avanzar en otra línea.

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