Desde la espadaña

Felipe Ortuno M.

Mitos, héroes y villanos

Tendemos casi todos a convertir en legendario cuanto nos ha ocurrido en nuestro propio relato personal; cosas insignificantes que hemos hecho, con los años, adquieren una dimensión sobre afectada y casi heroica. Es así que, cuando relatamos nuestro afer a los más jóvenes, sabiendo que no lo pueden comprobar, hablemos de nosotros como ases del deporte o de cualquiera otra cosa; y fuimos el mejor delantero, tanto como el mejor patinador o el insuperable esprínter del tour imaginario. Los acontecimientos prodigiosos nos los proveemos sin pudor y quedamos casi como sobrenaturales. Es propio de las clásicas hagiografías que así se hiciera.

Santiago de la Vorágine, por ejemplo, en su Leyenda Dorada, no diré que convierta la aerofagia de los niños santos en aromas excelsos de celestial ambrosía, pero casi. Tendemos a mitificar todo a toro pasado; aunque el mito es importante, lo ha sido y sigue siendo, para la cultura y la historia de la sociedad. Tenemos nuestros héroes, dioses, monstruos y leyendas fantásticas que llenan de emoción las sobrecogedoras noches de rayos y centellas. Es un lenguaje maravilloso capaz de transformarlo todo o llevarnos a través de él a mundos superiores, que de otro modo serían inasibles al entendimiento. Y aunque el bueno de Augusto Comte, con su filosofía 'positivista', sostenga la idea de que para llegar a comprender realmente la sociedad, los únicos datos válidos sólo provienen de los sentidos y del análisis lógico de esos datos, creyendo haber superado el nivel del lenguaje mítico, no puedo menos que reconsiderar su tesis y añadirle que, en su razón, que la lleva, tampoco está de más tener en cuenta el lenguaje mítico, que no ha sido, que yo sepa, extraditado de este modo que tenemos los humanos de interpretar algunos aspectos de la sociedad que no son tan evidentes al positivismo.

¿Y esto a que viene? Últimamente, siguiendo los relatos de la prensa y la caja manipulada, compruebo, no sin asombro, cómo son elevados a pedestal paradigmático personajillos escabrosos por el hecho de haber destacado en algún arte genético. No tengo nada en contra de lo adquirido por la sangre, ni por la educación recibida, ni por cualquier otra vía de actividad, bien está. Pongo en duda, que, a ciertas marionetas, de dudosa ejemplaridad social, por más que hicieran bien su oficio, puedan vertebrar ahora el cauce de la admiración y la idolatría. Admiro al torero que lo es en la plaza tanto como fuera de ella, y porque porta torería en su ser desde la mañana a la omega del paseíllo. Le llamo maestro porque merece el respeto de su ejemplaridad; no así quien, abusando de sus facultades, utiliza estas mismas para llevar una vida disoluta y altanera ¿Qué ejemplo puede dar su nombre impreso en una calle, plaza o avenida?

Hoy convertimos en mito cualquier fruslería que tenga cuatro puntadas de genialidad pasajera. ¿Dónde está el criterio, el discernimiento y el juicio para elevar a rango de mito lo que solo es una estrella fugaz? No hace mucho que se nos fue el mejor jugador del mundo. Pues bien, que ahí quede su juego; pero de ejemplo cero. Y si para muchos es 'dios'; conmigo que no cuenten para semejante idolatría.

Otro tanto digo, y se puede cotejar, de nuestros entornos. El ejercicio de cualquier arte tiene que llevar hondura y ejemplaridad, que sirva de criterio a la hora de las distinciones sociales. Y no me refiero a que con ellos hagamos mitos cosmogónicos que expliquen la creación del mundo, que de sobra sabemos, a mi pesar, no pertenecer a la raza de los titanes; pero, siquiera, sería de agradecer una pizca de sentido común para no elevar a categoría de ejemplo social al que, a vista de todos, ha sido prototipo de la otra calaña. En el Olimpo de Zeus, tal vez lleguen a la condición de dioses; pero aquí, con los criterios objetivos que nos asisten llegan ‘mu malamente’ al de persona.

Mientras tanto tendremos en el injusto olvido a los verdaderos héroes que reposan en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando. Ni una calle, ni un monumento, ni una consideración… ¡Qué pena!

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