Luisa Fernanda Cuéllar Vázquez /

Estrechando el cerco

la columna

01 de junio 2012 - 01:00

EL rescate bancario sigue dando de que hablar. Sobre todo cuando el agujero ha resultado más grande de lo que se preveía. Por ello, es necesario reflexionar y ver el asunto desde diferentes ángulos.

Posiblemente la teoría económica explique la conveniencia de inyectar, con dinero público, la cantidad suficiente para que la banca levante cabeza. Sin embargo, desde el punto de vista ético la cosa no parece tan clara.

La decisión de salvar a la banca mientras muchos españoles carecen de lo esencial, deja claro que no está orientada al bien común. Y éste, es el fin específico de un Estado. Decía Juan XXIII en "Pacem in terris" que el bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social, con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección.

Pero en lugar de orientarnos hacia la perfección nos sumergimos en desequilibrios más profundos. En desigualdades más insalvables. Y en análisis poco comprensibles. Una vez más, la economía aparece en el centro del sistema. Un sistema creado para producir riqueza pero que en estos tiempos está generando pobreza entre los ciudadanos. Me pregunto si será tan difícil poner al hombre y a su bienestar como el eje regulador de las actividades humanas.

El ciudadano de a pie preferiría inversiones que crearan fuentes de trabajo. Pero el mundo se comporta como un niño caprichoso, intolerante y poco racional. Tanto, que son muy pocas las instituciones que se preocupan por el aspecto humano de la sociedad.

Hay un tiempo para todo. También para recordar que los Estados están formados por personas que en la mayoría de los casos sólo desean una vida tranquila y una seguridad que esté al alcance de sus manos. Pero nada se logrará mientras no exista una reforma del sistema económico mundial.

Se respeta la legalidad de las decisiones del gobierno. Pero no hay que perder de vista que lo legal también puede ser inmoral. Y ahí no hay vuelta de hoja.

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