Descanso Dominical

Galicia

Me evoca calderos, orballo fresco, piedra del norte (...) la ensoñación de una Galicia que agita mi memoria y me lleva de nuevo a aquel viaje

EL Viernes Santo, era tarde, se podía escuchar al cielo desmayado, derrumbándose, flagelando las calles con latigazos de agua fría, baqueteando insolente los cristales, violento, como queriendo cobrarse una deuda pendiente. Tuve que bajar el volumen de la televisión para convencerme de que, en efecto, ese bramido hosco y grave, parecido a un eco de tambores de guerra, era la lluvia desatada ajustándole las cuentas a los días de sequía, ajena a los daños colaterales que ha supuesto elegir justo esta semana para ponerse digna. Cuando volví a la pantalla, una procesión en un pueblo de Pontevedra, en el concello de Cangas do Morrazo, con todos sus avíos, la candelería ardiendo, sin rastro de paraguas entre los parroquianos. Un doble salto mortal de los caprichos del destino.

Ya me lo dijeron el lunes mi primo Yago y tía Marilar. En La Moderna, con unas cervezas y media de lagrimitas de pollo por delante; que esta Semana Santa iba a hacer más bueno allí que por estos lares. Ellos, que regresan todos los años para calentarse al sol de las cofradías, las marchas, los barrios de siempre, los abrazos y la familia penitente que dejaron atrás en los ochenta, cuando marcharon a su tierra materna, en la otra punta del mapa, por donde la sal y la espuma blanca sellan el Atlántico y el Cantábrico. Soñeiro se llama la aldea coruñesa donde viven, y ese nombre siempre me evoca calderos, orballo fresco, piedra del norte, prados verdes. ventanales, lo mágico de lo cotidiano, la ensoñación de una Galicia que agita mi memoria y me lleva de nuevo a aquel viaje.

Sería la primera vez que subíamos a un avión, éramos muy pequeños, la niña derramó un zumo de naranjas con un color tan intenso que parecía radioactivo -cuando Iberia ponía zumo de naranja de verdad- y el niño aterrizó en el aeropuerto de Santiago en modo tragicómico, trastabillando escalinata abajo, yendo a frenar contra las nalgas de la azafata. No hubo heridos. Bautizamos al hotel de Pontevedra como ‘La casa grande’, vimos un partido de fútbol de tercera regional que arbitraba un amigo de papá, sus hijos le gritaban desde la grada “¡arbitrucho! ¡arbitrucho!”; visitamos a los tíos, juegos con los primos, Coruña, Soñeiro… Fueron pocos días, aunque ahora lo pienso como una larga expedición de varias semanas, fantástica pese al empacho de pulpo a feira y al resbalón de mamá con una empanadilla.

Sigue lloviendo ahí fuera. El agua repta por las fachadas y serpentea en las aceras. Así es imposible olvidarse de ciertos paisajes, pero igual no es culpa de la lluvia. Quizá es que cuando fuimos niños todos hicimos un viaje que querríamos repetir siempre, aunque de alguna manera nunca hayamos vuelto de allí. El mío fue a Galicia, ¿y el tuyo?.

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