Descanso Dominical

Genios

Los genios, en cualquier campo y especialmente en las artes, suelen atesorar sinceridad y naturalidad

Los genios no abundan. La mayoría de las veces lo que nos venden como genialidades los reyes catódicos de algunas televisiones y las redes (qué bien puesto el nombre este) no son más que piruetas artificiales, engañabobos, o, simplemente, soberanas gilipolleces.

Los genios, en cualquier campo y especialmente en las artes, suelen atesorar, fuera aparte de un buen puñado de talento y experiencias cercanas a la vida, dos adornos que se me antojan fundamentales para estos menesteres, y que son la sinceridad y la naturalidad. El primero de ellos podríamos pensar que se puede obtener, incluso, a resultas de ejercitarse con tesón y perseverancia, como el que entrena para una media maratón. Pero no nos engañemos, ser de verdad, ser sincero con uno mismo y con los demás, como un poeta pasado de copas en la barra de un bar, no está al alcance de muchos mortales. Normalmente, si nos ponemos a ello pecamos de sincericidio en el intento, y ya no es lo mismo. Groucho Marx decía que el secreto del éxito se encuentra en la sinceridad y la honestidad, que para el caso van de la mano. Desde luego, parece complicado desligar una cosa de la otra. Y, aunque un buen porcentaje de los genios no persiguen el éxito, tal y como lo entendemos en la sociedad actual, es evidente que el éxito, en todas sus facetas, les persigue a ellos.

Y qué pasa con la naturalidad. Ay, amigo, la naturalidad, lo no impostado, lo auténtico. Es más difícil aún, ¿no les parece? Eso de respirar como Lola, reír como La Paquera, llorar como las manos de Morao, mirar con la mirada de Juan Ángel González de la Calle. Caminar como Ismael Jordi, abrazar a la vida y a los amigos como lo hace Luis Lara, imaginar la escuela garrapatera que creó Migue Benitez, revolucionarlo todo como Diego Carrasco. Lo de acariciar como Rosario Montoya, retener el compás de Paco Cepero, pasear con las maneras de Rafael de Paula, guiñar al destino y a la realidad como Emilio Morenatti. Bailar como los esqueletos de Carlos González Ragel, descubrir como lo hizo Manuel María González Ángel, volar con los brazos de María del Mar Moreno y sentir como la garganta de Ezequiel Benítez.

Eso de dibujarse en un escenario siendo la silueta de Antonio el Pipa, doler como duele su Tía Juana, iluminarlo todo como cuando llega José Basto, escuchar la radio como Carlos Vergara y darle una vuelta más a la vida como hace José de los Camarones. Y soñar los sueños de Manuel Alejandro, colorear el mundo con los colores de Dani Diosdado, conversar con uno mismo como Caballero Bonald… Y hacerlo así, naturalmente, sin cartón piedra.

Empecé esta columna diciendo que hay déficit de genios, pero estamos en Jerez. Qué torpeza la mía.

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