Paisaje urbano

James Bond en Glasgow

Fue Boris Johnson quien expresó con más naturalidad la situación catastrófica que puede venirse contra nosotros

Este fin de semana ha tenido lugar en Glasgow la nueva conferencia mundial sobre el clima, y allí que han ido destacados líderes mundiales, con Joe Biden a la cabeza rectificando a Trump, para exponer sus buenas intenciones después de soportar, colmo niños que no han hecho bien sus deberes, la reprimenda por su conducta pasiva en la aplicación de los compromisos de la anterior Conferencia de París de 2015, con el portugués Antonio Guterres, secretario general de la ONU, en el papel de profe gruñón.

Fue el primer ministro inglés, el excéntrico Boris Johnson, quien expresó con más naturalidad la situación catastrófica que puede venirse contra nosotros a este paso, recurriendo a una angustiosa metáfora con el más célebre agente de su Majestad como protagonista, ahora al parecer en entredicho por su nueva masculinidad. El planeta, venía a decir Johnson, está atado a una bomba de relojería, como la que le colocaron al agente secreto James Bond, y todos los demás estamos en la posición del héroe para tratar de averiguar el código que desactive tamaña arma de destrucción masiva.

El problema, visto desde una perspectiva totalmente profana, es que ni tenemos a mano a nadie que parezca siquiera a un Sean Connery (aunque alguno se lo crea de vez en cuando) que desactive la bomba, ni contamos con un enemigo como objetivo claro dónde apuntar el arma. Más bien, se diría que el problema de la contaminación y el progresivo calentamiento del planeta tiene variados condicionantes, que van desde el abuso generalizado en la explotación de las materia primas (y algunos de sus principales culpables, ni siquiera se tomaron la molestia de asistir) hasta el modo de vida de esta sociedad de mercado que nos hemos dado entre todos y que, cada cual en lo suyo, no parece que tengamos mucho interés en enmendar.

Por eso, entre otras cosas, al final resultan tan decepcionantes estas reuniones al más alto nivel, donde abundan las buenas intenciones (resulta curioso como el famoso bla, bla, bla de Greta Thunberg, fuera repetido sólo meses después por un tipo tan distinto a ella como Johnson) sin llegar a concretar un protocolo eficaz que fiscalice, analice y sancione en tiempo real el exceso de emisiones. Como en tantas cosas, aquí también sobra política y falta acción, y mucho me temo que nuestro admirado Bond, James Bond, está ya tan en decadencia como la propia sociedad a la que debe salvar.

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