Jerez: Antolín y su museo de puertas cerradas

12 de julio 2021 - 08:03

Andalucía a veces nos presta sus largas pestañas para ocultarnos a tientas bajo el ensueño de su mismidad. Andalucía no aplica la ley de Mussafia a la métrica de sus versos. Andalucía no lee a Tom Wolfe pero sí debiera a Alfonso Grosso quien, desde la duermevela de su muerte, "presiente de nuevo el soplo de la brisa que ha entibiado cinco horas de sol". Para conocer la Andalucía que crepita campo a través de este siglo XXI estamos obligados a leer propuestas librescas de la otrora Andalucía que aún colea y todavía cacarea bajo los sambenitos aún no superados por la posmodernidad. Metamos de una sola tacada varios títulos en la faltriquera de las vacaciones veraniegas: a saber: 'Florido mayo' del mentado Alfonso Grosso -siempre capaz de rizar el rizo de la imagen-, el clásico -ensayo ya de culto- 'Andalucía, ¿tercer mundo?' de Antonio Burgos, el tomazo 'Andalucía' de José María Pemán, 'Epitafio para un señorito' -novela de brío del escritor Manuel Barrios, hoy ya observador plácido del Giraldillo desde la alta espadaña de una nube sin horas-, 'El último señorito' de Francisco Robles o 'El ser andaluz' de Manuel Clavero. ¿Cabría aquí asimismo 'Las apariencias' de Antonio Muñoz Molina? No tanto como sí 'Volapié: toros y tauromagia' de Sánchez Dragó. Y, por descontado, 'Discurso de la mentira' de Romero Murube.

A nuestra Andalucía, ora tibia ora trémula, no hay que escatimarle el "dad al sueño también lo que es del sueño" de Gerardo Diego. En raras ocasiones se ha puesto el punto sobre la i de la clase media trabajadora que aupó localidades de la baja Andalucía para recolocarlas en la posición transversal del progreso y la solvencia económica. Estos comerciantes hechos a sí mismos se autoimpusieron el ora et labora -a Dios rogando y con el mazo dando- tan de la Lectio Divina. Fueron adolescentes de la posguerra que enseguida hicieron de la necesidad (hambruna) virtud (aprender un oficio) y de la virtud una profesionalización -una especialización-. Señores cosidos ya a su negocio de por vida. Guerreros de las horas extras, del sobresfuerzo, galgos corredores de la atención al cliente, "ricos en saber y en vida" -como el Ulises de Kavafis-. Peonada y deshoras: no había otro parámetro del marketing de ventas.

Antolín Díaz Salazar encarna un vivo ejemplo de este arquetipo de industrial del centro de Jerez de la década de los 50 en adelante. Gasta 88 años de sapiencia en ristre. Antolín deja caer la orientación de su retina por el alto tobogán de la melancolía. Ha sido por derecho propio -y por incondicional concesión y confección de su difunta esposa Carmen Beato, "un Dios del bordado"- el maestro del traje corto en España. Todo artesanal, a mano. Ha trabajado para personalidades de alto copete, de rancio abolengo, para apellidos ilustres y para las más cimeras figuras del toreo, del rejoneo y del mundo ecuestre. No se considera del todo profeta en su tierra. Hoy parece una gloria crepuscular tras los muros de una maestría ahora empolvada de cierto olvido. En su casoplón de la calle Bizcocheros duerme el sueño de los justos -como una galería de retratos sin rostros, de maniquíes hieráticos y descabezados- una muestra de 150 trajes de diseño original que, por mor de la burocracia lenta y desatenta a estas oportunidades sin parangón, no ha podido abrirse como exposición permanente a propios y foráneos.

¿Se merece Antolín, quien puso empeño en la frustrada iniciativa, el desencanto de un legado de puertas cerradas como museo secreto que sólo da paso a la mudez de la indiferencia local? ¿No puede Jerez aprovechar la posibilidad de un museo -enteramente montado además- del traje corto único en España antes que nos copien la idea allende nuestras fronteras? ¿Reminiscencia de la Andalucía cainita contra sus propios potenciales? ¿Abrimos taquilla en esta casa del barrio de San Pedro donde nació Clara Noble Malvido, la abuela jerezana de Pasqual Maragall?

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