Jerez: Antonio Molle, gotas de sangre sobre alpargatas blancas

Antonio Molle Lazo, un héroe que murió martirizado por la causa de Cristo.
Antonio Molle Lazo, un héroe que murió martirizado por la causa de Cristo.

22 de noviembre 2023 - 02:03

Mantuvo estoicamente el fragmento y la parte de su heroicidad cristiana. Jamás se achicó. Nunca titubeó. No se descosió del telar del Evangelio. Supo vestirse por los pies descalzos de la humildad franciscana. Pero no de boquilla. No de cara a la apariencia -que es bruja de largos tentáculos-. Antonio fue de veras un santo en vida. La traición era cicuta -signo de pobreza espiritual, de aturdimiento, de tontuna- para su concepto de la fidelidad fraternal. Antonio Molle. Antonio Molle Lazo. Un joven limpio de condición. Su músculo cordial bombeaba mandamientos de la Ley de Dios. Nada quiso para sí. No pecó de curiosidad malsana. No cayó en las fauces de la murmuración. De cada ser humano enfatizaba lo mejor. No se enemistó con nadie por las peregrinas razones del agravio comparativo. Además ni por asomo ni puntualmente aceptó ni permitió una calumnia, un prejuicio barato, sobre terceros. A mayor abundamiento si la persona descalificada no se encontraba presente. Sí, un calumniador -atrofiado por la sinecura del embuste- era lagarto, lagarto, vade retro, para la conciencia católica de este chiquillo, que fue amigo del por todos recordado y admirado Sixto de la Calle en orden a sus comunes ideas tradicionalistas.

Antonio se quiso discípulo de Cristo desde la cuna -2 de abril de 1915, Arcos de la Frontera (Cádiz)- hasta la sepultura -10 de agosto de 1936, Peñaflor (Sevilla)-. Sepultura de un cuerpo troceado por la acechanza del odio. Del odio más inmisericorde. Del odio obsesivo capaz de despedazar la carne del prójimo y macerar la propia maldad -generada, regenerada- por quien urde -con baba sucia, con mirada engolada de gérmenes- violencia física o psicológica como quien enhebra visajes de cotidianeidad. Siempre Antonio se abrochó a solas los botones de una bondad que superaba con creces la de sus convencimos. En él, como poetizara Rilke, “todo se vuelve viña, todo uva / maduro en su sensible mediodía”. Posiblemente las nuevas generaciones de jerezanos desconozcan por entero la envergadura del martirio que padeció, a la hora nona del horror, este defensor a ultranza de Cristo Rey. Y suene a chino, a desconocimiento repintado de azul oscuro casi negro, la valentía forjada bajo el umbral de su muerte. Léase vil asesinato. Aut vincere aut mori. Por la causa de Cristo.

Antonio nació durante una madrugada de Viernes Santo, justo cuando las andas de una cofradía paraba en el balcón de su hogar. ¿Predestinado? Cinco meses transcurrieron desde el feliz natalicio hasta que marchara la familia a Jerez de la Frontera por motivos laborales de su padre. La economía nunca fue del todo boyante. Pero subsistían con dignidad. Con honradez y trabajo. La madre le inculcó la dicha de la Fe. De hecho Antonio siempre fue un niño piadoso sin caer en afecciones extremas que chirriaran por un dogmatismo de copia y pega. Todo lo contrario. Fue un ser que siempre defendió con uñas y dientes, desde la sencillez, y asimismo desde la frontal entereza -no escamoteada a regañadientes-, su deber para con el Altísimo. Digamos que se dejó modelar por Dios. Ya con 7 años escribía en su diario: “Antes morir que pecar”. Posiblemente retuviera de Santo Tomás de Aquino la defensa de la religión como prisma del todo legítimo.

Molle Lazo se formó en la escuela de los hermanos de la Salle. No destacaba en los estudios pero sin embargo siempre aprobaba en razón del sobresaliente esfuerzo que se imponía. Laboró, una vez concluida su formación, como meritorio en la estación de ferrocarril, posteriormente como escribiente en una bodega de la ciudad y también como taquillero de teatro. Con apenas 16 años se afilió a la Juventud Tradicionalista -que curiosamente mantenía una sección de cierta proyección en la céntrica calle Francos-. Abogaba sin descanso por la defensa de la Fe y por los derechos de la Iglesia. El 18 de julio de 1936 Antonio se reuniría con otros ‘requetés’, combatientes carlistas, “para formar una unidad a disposición de las autoridades militares y que sería el origen del Tercio de Nuestra Señora de la Merced”.

Antonio Molle, en Peñaflor, defiende un convento de las hermanas de la Cruz el 10 de agosto, cuando observa que se aproxima una “columna internacional”. Al tiempo que salva a una madre y a su hija pequeña al meterlas de pronto en el fondo de una de las casas. Se echa sobre una azotea para defender a las religiosas. Pero pronto se queda sin munición. Y se ve obligado a entregarse. Como eran casi doscientos contra uno, la paliza es de un ensañamiento atroz. Inhumano. Le instaron a pronunciar “Abajo España”, pero Antonio sólo proclama “¡Viva Cristo Rey! ¡Arriba España!”. Como persistía en no apostatar, de un culatazo de escopeta le hundieron un ojo y con un machete le sacaron el otro. Seguidamente cortaron sus orejas. Y continuaron los golpes, las patadas… Con una ferocidad humanamente insostenible. Sus alpargatas blancas se llenan de gotas de la propia sangre. En ningún momento profirió ningún insulto a sus agresores. Cuando ya lo encañonan para el fusilamiento, en medio de la calle, ante tantísimas personas, Antonio Molle -sacando las imposibles fuerzas de flaqueza- logra levantarse, poner los brazos en cruz y colocar los pies tal crucificado, uno encima de otro, para gritar al cielo: “Me mataréis pero Cristo triunfará”. Tras la detonación cayó al suelo. Quisieron rematarlo, pero alguien dijo: “No disparadle más. Dejemos que sufra”. Y así quedó el cuerpo de Antonio, solo, hasta que su corazón -“sin un ápice de odio”- dejó de latir. Muerte martirial. Contaba 21 años de edad. Sus restos mortales reposan en la Basílica del Carmen. Junto a la sobrecogedora Imagen del Santísimo Cristo de la Sagrada Lanzada.

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