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Marco Antonio Velo

Aquel encuentro en Jerez de Juan de Borbón con Alfonso de Orleans y Juan Fiz Rubio

De izquierda a derecha: Juan Fiz Rubio, Alfonso de Orleans y Juan de Borbón en Jerez.

De izquierda a derecha: Juan Fiz Rubio, Alfonso de Orleans y Juan de Borbón en Jerez.

La categoría personal -que va pareja a la excelencia humana- no depende de simulaciones impostadas de cara a la galería. Una persona con clase se mantiene así permanentemente -según el cien por cien de sus acciones tanto visibles como invisibles- sin vacíos o evidencias de falta de estilo. He aquí tres ejemplos paradigmáticos. Hoy ilustra el basamento de esta columna periodística una fotografía que, al margen del cachet inviolable de quienes la protagonizan, está bañada en la altura de miras, la buena educación, la dignidad a prueba de bombas y, por descontado, la recta intención. Observen, de izquierda a derecha, a Juan Fiz Rubio, el infante de Orleans y don Juan de Borbón. Finales de los años 60 del añorado siglo XX. En Jerez de la Frontera. Alcemos el vuelo sobre el alto cielo de la memoria. La Aviación por bandera. En aquellos años permanecía en la base jerezana una avioneta -sencilla de diseño- que responde a una denominación sutil y pegadiza: Aisa I-11B (un monoplano biplaza de entrenamiento). Pasa desapercibida no obstante: calienta -con discreción- su motor a 90 caballos cada fin de semana. A ella sube un aviador polifacético y a su vez experimentando, del todo excepcional: el infante de Orleans -por lo común acompañado afanosamente por un activo capitán, menudo de cuerpo-: Cotro Florido. Se activa por lo tanto una máxima que jamás peca de anacronismo: los buenos aviadores no tienen edad. Son, per se, virtuosos en la destreza de un dominio digno de encomios…

Ambos siluetean el recorrido -siempre el mismo, casi calcado- que comprende -y recorre en su más colorista extensión- las marismas del Guadalquivir. El vuelo suele tornarse reposado, como un pensamiento sesgado de exabruptos, como un visionado en calma chicha. Como una conciencia en paz. El infante recibió particular visita del entonces príncipe Juan Carlos y su padre don Juan de Borbón. La cortesía comenzó en Sanlúcar de Barrameda. Departieron, amigablemente, por largo. De cultura general mayormente. Nada de coincidentia oppositorum. No había necesidad. Ninguno fardaba de cotas de poder.

Elegancia conversacional. Acto seguido se produjo la primera visita a la base de Jerez. Ya Alfonso de Orleans y Borbón no abandonaría la práctica de sus vuelos hasta prácticamente poco antes de su fallecimiento -el 6 de agosto de 1975, a los 88 años de edad-. Alfonso de Orleans, desde muy joven considerado como uno de los más destacados aviadores militares españoles (para piloto se había formado en Francia), fue Caballero de la Orden del Toisón de Oro, Caballero Gran Cruz de la Orden de Carlos III, Caballero Novicio de la Orden de Calatrava, Caballero Gran Cruz de Justicia de la Sagrada Orden Militar Constantiniana de San Jorge y Gran Cruz de la Orden del Mérito Militar.

Pero en la fotografía que esta sección Jerez íntimo publica hoy -como guiño a un pasado nunca remoto- figura otro hombre de gran carisma: Juan Fiz Rubio. Un nombre que puede sonar desconocido para las nuevas generaciones de jerezanos. Sin embargo nadie ha de pasar por alto. Sus créditos y méritos así lo exigen. En el libro titulado Alfonso de Orleans y Borbón, infante de España y pionero de la aviación española, su autor, Cecilio Yuste Viñas, dice: “Destinatario privilegiado de su generosidad fue su compañero, amigo y uno de los médicos que le atendieron (al infante) durante los últimos años de su vida, el general Juan Fiz Rubio era un prestigioso piloto militar destinado en Jerez, donde desempeñaba su función profesional como profesor de vuelo en las Escuelas de Transformación y Polimotores de Jerez de la Frontera, ciudad en la que se afincó. Pero Fiz tenía el mérito añadido de haberse licenciado en Medicina y pasaba consulta en Jerez haciéndolo compatible con sus tareas en la Base. El infante, que acudía regularmente a la Base y mantenía una buena amistad con Fiz, con el que llegó a volar en varias ocasiones, le pidió que le viera regularmente como médico, a lo que Fiz accedió encantado. Le trató como compañero y como médico, lo que le propició que se desarrollara entre ellos una buena relación. Antes de morir, el infante dejó escrito que el emblema que habitualmente utilizaba le fuera entregado a Fiz, de lo que se encargó el primogénito del infante, Álvaro de Orleáns-Borbón, enviando a Fiz el emblema acompañado de una carta en la que explicaba que cumplía los deseos de su padre al hacérselo llegar. Es sabido que Fiz prendió inmediatamente en su uniforme el emblema que había pertenecido al infante, sin que dejara de utilizarlo prácticamente hasta su fallecimiento, ocurrido en Jerez el día 9 de Julio de 2008”.

Juan Fiz se comprometió con Jerez hasta los tuétanos. De hecho, como apéndice ilustrativo, no huelga constatar que fue un gran cofrade de su Hermandad de Loreto, Virgen patrona de la Aviación. Tan es así que, aparte otros desvelos y desprendimientos, ocupó cargo de mayordomo (1956-1961) en la Junta de Gobierno presidida por Jesús Grandes Pérez para, años más tarde, ser elegido Juan Fiz como hermano mayor de la Hermandad, máxima representación que desempeñaría a lo largo de la etapa comprendida entre los años 1966 y 1980. En noviembre de 2009, como justo tributo, los cofrades de Loreto entregaron a los familiares de Juan Fiz la rosa que in memoriam portó dicho año la Santísima Virgen de Loreto, a sus pies, durante la estación de penitencia del Viernes Santo.

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