Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Javier Herrero en un tiempo sin edad

En el poema 'Entreacto de la sed', José Manuel Caballero Bonald escribió unos versos que anteayer me vinieron a la memoria, como un automatismo con olor a linotipia: "Y fue que por no caer/ por lo que alcé los ojos crédulos/ hacia el último escaño, acometido/ de templanza, tanteando los muros/ cuarteados del tiempo…". El tiempo, esa patria quebradiza, esa tierra movediza. Los recité para mis adentros, como un susurro monástico de cuanto no se despeña -ni se despeñará- por los pliegos del olvido. Lo hice a colación de la entrevista que para este periódico he tenido el honor de realizar a Javier Herrero, cantante y compositor, un currante de pico y pala, de mazo dando, conocido coram populo como el rubio de los Pecos.

Javier es un sabio manejador de los cangilones del tiempo -ese aromático cedro que nos pertenece sólo a medias y siempre en menor medida del que ingenuamente creemos-. El tiempo no es un artificio pero tampoco una pertenencia unipersonal sin fecha de caducidad. Solemos perderlo con una facilidad pasmosa. Dígase mejor malgastarlo. Distraídos todos en las musarañas y en los cantos de sirena de una pléyade de insustancialidades, de minucias inservibles, que nos emboban cada veinticuatro horas. Frente al tren en marcha del tiempo siempre nos mostramos in albis. Alelados. No resulta necesario bucear por entre las enseñanzas de Epicuro o Aristófanes para defender a pies juntillas esta aseveración.

El tiempo es fugitivo. Puro Virgilio. Puro Lewis Carroll en su celebérrima 'Alicia en el país de la maravillas'. Puro Libro de Job del Antiguo Testamento: "El tiempo se escapa como una nube, como las naves, como una sombra". Puro Horacio. Entre los planes de futuro y los chapuzones de pensamientos retroactivos olvidamos el pragmatismo del carpe diem. El hip, hip, hurra del aquí y ahora. El calzarnos las katiuskas que nos permitan pisar todos los charcos de la crepitante mezcla con la vida sin opción a la prórroga ni al aplazamiento. Batallando el presente en el enmelado viento en popa a toda vela del ligero bergantín. Sí: guerreando, disfrutando, paladeando, experimentando, redescubriendo el reloj de arena del presente: "Por necesidad batallo/ y una vez puesto en la silla/ se va ensanchando Castilla/ delante de mi caballo". Lo que traducido resulta -versionando a capricho el refranero-: A quien no se arruga, Dios le ayuda. El tiempo es un tic-tac pero también un bullebulle, un frufrú, una melodía para quienes machadianamente hagan camino al andar. Nuestra zona de confort constriñe el caudal multiplicador del tiempo y las oportunidades que sus códigos secretos nos conceden con literalidad de exclamación puesta en boca de Ruy Díaz: "Y una voz inflexible grita: ¡en marcha!".

En la entrevista periodística con Javier Herrero, de Pecos -está hecho un chaval en todos los sentidos a sus sesenta años de edad- he podido hallar la piedra filosofal de su éxito musical durante cuarenta y dos años: díganse su capacidad de reinvención, de readaptación, de armonioso progreso así como un inteligente y sensible manejo del tiempo como compañero de andanzas. Javier sabe a ciencia cierta que el "hoy es siempre todavía" de Antonio Machado calza bien con el "vivir es ver volver" de Azorín. Y por esta razón, que es danza de nuestra existencia, este cantante jamás ha sufrido el complejo de Peter Pan ni la ofuscación de irrealidad de la protagonista del gran filme 'El crepúsculo de los dioses'. Pudo haberlos padecido a tenor del fenómeno social que supuso el dúo Pecos. Sin embargo se atuvo al "pregúntame quién soy" que también es verso del mentado 'Entreacto de la sed' de Caballero Bonald. Tal vez porque, en palabras de Paul Claudel, "no es el tiempo lo que nos falta, somos nosotros los que le faltamos". Con esta reflexión os dejo, estimados lectores, hasta que en septiembre volvamos a reencontramos cada lunes. Mientras tanto disfruten del mes de agosto como "un renglón transparente de tiempo sin edad".

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