Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Jerez y el mágico mundo de las jugueterías

Escaparate de ‘Todo Toys Shop’ en la calle Algarve.

Escaparate de ‘Todo Toys Shop’ en la calle Algarve.

La ilusión -en los niños jerezanos- ahora tirita -de puro nerviosismo- como vigía de un invierno inesperado. Tirita, sí, porque los juguetes asoman por escaparates a pie de calle y anuncios de televisión. También en la resultante de un buzoneo alimentado de catálogos a todo color (cuyas páginas provocan el boquiabierto asombro de los reyes del hogar). La ilusión tirita de alegría, de expectación, de inminencia. Como un verso que se aproxima a la fascinación de la rima. Como el peluche -de mirada redonda- que despierta, complacido, en brazos del bebé. Como los labios temblorosos -indecisos- de un adolescente a dos centímetros de su primer beso -sello de saliva sin carmín- de enamorado hasta las trancas. Como el pecho de una madre -esa jabata de pelo revuelto- recién salida del paritorio. La ilusión jamás se tiñe de rubio ceniza porque rechaza falsear la realidad. Porque -antídoto contra la vanitas vanitatis- sólo merodea los recintos de lo auténtico. La ilusión -siempre temprana- guarda las formas, no hace mutis por el foro, flamea su Fe (más firme que la propia del Alcoyano) y huye a la pata coja de todo gentilicio. La ilusión no opera por geolocalización sino en atención a la bondad de cada cual, a la tradición de ese inmortal trío de ases que -agentes comerciales del incienso, el oro y la mirra- no cesan en su empeño de visitar la pulpa de la Humanidad cada noche del 5 de enero.

La ilusión suena a cantinela de Lotería de Navidad de los alumnos de San Ildefonso. Un hechizo interior -que es explosión de melodías en clave de sol- sacude a la ciudad. Jerez es una plegaria de nardos. Jerez es una algarabía de mofletes párvulos. Nada comparable a la pureza de esta emoción tan universal -tan ancestral, tan connatural- de los niños mientras llegan o no llegan -olé, olé, olanda, olé- los Magos de Oriente. Entonces renace -sostenidamente, como bolos en las bailongas manos de un equilibrista- la pureza del ser. La epopeya gloriosa de una tradición sin apostasías que otra vez pisa un suelo de serrín de Nacimiento sobre el aparador del salón de aquella casa de nuestros machadianos años de infancia. Parecen una aventura clandestina estas sensaciones tan cíclicas y tan calcadas de generación en generación. No aflora el apocamiento en los rostros infantiles. La inocencia no se muestra escurridiza. Nada convida a hacer rabona de esta lección magistral de la fantasía que jamás mengua ni decrece. Los trucos sólo corresponden a Mickey Mouse, escoba en mano, abrillantando el ya por sí lustrado universo de Walt Disney.

Los jerezanos nacidos en los años 60 recuerdan Juguetería Álvarez (calle doña Blanca), El Tornero (calle Levante, esquina con Évora) y La ciudad de Santander (calle Larga). Los nacidos en los años 70, algunas jugueterías más. Por ejemplo una también de vistosos escaparates en la calle Bizcocheros -no era exclusivamente juguetería (¿Tele Universo se llamaba?)-, en el bajo “de la casa que salió ardiendo” y cuyo patio chamuscado tanto terror nos producía a los chiquillos de entonces. También otra en la calle Antona de Dios, especializada en Tente y Lego. Sin obviar la gigantesca juguetería que Paulino -Bizcocheros con Gaspar Fernández- montó en uno de sus almacenes interiores. Los escaparates de Álvarez eran sendos muros de los anhelos. Todo un espacio recreativo para las absortas miradas de los peques con narices pegadas al cristal. La simple observación suponía un divertimento mayúsculo. Aquel arte del escaparatismo para la feliz algarabía marcó época. Hoy, en el argot empresarial, se consignaría que los benjamines constituían el target de público. Quien esto escribe aún recuerda algunas escenificaciones de un poblado del reino Madelman: nada de cajas superpuestas. Sino todo un despliegue de la imaginación -de la recreación- a punto de caramelo. Aquellos escaparates -muestrarios de profesionalidad- abrigaban. Y ayudaban sobremanera a la pronta redacción de la carta remitida a Oriente s/n.

Hoy es una gozada pasear por las calles del centro de la ciudad (pongamos la calle Algarve, plaza Arenal, plaza Plateros). Por las zonas jugueteras de los hipermercados. Por los grandes centros comerciales. Una variedad que enriquece. Que educa. Que magnetiza. Una juguetería es un lugar de ensueño -tan plagado de mundos imaginarios y de vidas por desarrollar-. Promete felicidad al por mayor. Junto a sus juguetes los niños desarrollan la empatía. La comprensión. El compañerismo. Estimulan el desarrollo afectivo, la socialización en suma. Amén, por descontado, el aprendizaje. Que siga tiritando -con temblores de júbilo- la ilusión. Jamás la perdamos de vista. A fin de cuentas, como afirmara Víctor Hugo, “el alma tiene sus ilusiones como el pajarillo sus alas: son ellas quienes la sostienen”.

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