JEREZ ÍNTIMO | ESPACIO PATROCINADO

Marco Antonio Velo

Jerez en noviembre

Noviembre nos resta bizarría. Nos alela en su oscuridad temprana. Nos acogota y nos encierra como entre barrotes de una cárcel interior que hiela sentidos y posterga emociones. Existe como una predeterminación, como un determinismo, para la hibernación no sólo animal (a buen entendedor, pocas palabras bastan). Noviembre lanza flechas de heladera y los jerezanos nos reencontramos con nuestra mismidad al calor del faldón de la mesa de camilla. Parece que noviembre reclama la morada interior de los recuerdos más nostálgicos. La etimología de quién fuimos, el abrigo de nuestros difuntos y el linaje de un aderezo que ya incluye la lana. Noviembre es concéntrico, como las vueltas de la bufanda en nuestra yugular: el tiempo se congela y no sólo en razón de las bajas temperaturas. Noviembre solicita la copa de Río Viejo cuando el aperitivo de los domingos soleados ya anuncia una cazuela de berza de pan mojar. En noviembre se hace veraz el aserto de Rafael de Paula porque este mes invita a comerse en Jerez las papas enteras.

Noviembre propende a la intimidad y a la complacencia doméstica. A la contención. Al ojo avizor. Al sondeo sin tapujos de los proyectos personales. Todo indicaba que el verano alcanzaría hitos de alargamiento en este anticonvencional año 2021, pero noviembre puso pies en pared, calcetines en los ídem, y el frío ya forzó el adiós de las guayaberas, tan prácticas y tan pragmáticas. Si tuviéramos que elegir una lectura de Ramón Gómez de la Serna para los sábados de noviembre, sin duda sería ‘Automoribundia’. ¿O igual ‘La Sagrada Cripta de Pombo’?

En noviembre las piscinas de nuestras urbanizaciones pasan a segundo plano porque adquieren impronta de gran charco cetrino, yerto sobre un lecho de olvido y sombras. Parecen todas la misma piscina de la mansión triste y polvorienta -a modo de diablo de la analogía- de Norma Desmond en ‘El crepúsculo de los dioses’. En noviembre vuelve a su ser el retablo de ánimas, los epitafios, los mármoles y el oficio de Caronte -ya saben: el dinámico barquero de Hades que guía sin pestañeo las errantes y conmovidas sombras de los difuntos de lado a lado del río Aqueronte-.

En noviembre reverbera la maldad de la bruja de carne y hueso: tan dada al confusionismo, a la cólera histriónica y a la soberbia en cantidades industriales. ¡Vade retro! A veces se manifiesta en el gato encerrado de la murmuración. ¡Lagarto, lagarto! En noviembre por el contrario a su vez el poeta escribe sus versos más descarnados y sus rimas catárticas. Y Jerez sigue dialogando con los familiares idos en una especie de negociación afectiva -a lágrima élega- entre el más allá y el más acá. Los besos ahora no son de ida y vuelta sino de reciprocidad entre lo visible y lo invisible. En noviembre los jerezanos han de rezar repetidamente al Santo Crucifijo de la Salud y a la pálida y conmovedora Virgen del Mayor Dolor.

Noviembre es presencia de castañas -al humo que más calienta- y ausencia de guía de belenes en las imprentas de la inminencia. También noviembre es disfrute y aplauso para un enlace matrimonial celebrado el día 30 del pasado mes en la Basílica del Carmen y cuya felicidad desbordante ahora nos inunda a los jerezanos de bien.

Enhorabuena a los contrayentes, Alejandra Gutiérrez García e Ildefonso Roldán Macías, y a sus padres Francisco Gutiérrez Capote y Ana María García Aguilar e Ildefonso Roldán Martín y Toñi Macías Sánchez. ¡Qué de Esperanza, escrita con mayúsculas de terciopelo verde, prevaleció en este jubiloso acontecimiento! A propósito: noviembre asimismo es un mes de alegre expectación. ¿Cómo no serlo si a la vuelta de la esquina asistiremos de nuevo -¡ramiré!- al nacimiento del Niño Dios?

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