Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Jerez y de nuevo Pemán, "a pesar de todo"

Representantes de la ACdP en el Auditorio San Juan Pablo II este pasado lunes.

Representantes de la ACdP en el Auditorio San Juan Pablo II este pasado lunes.

Jerez no tiene memoria de pez. Ni ‘La memoria del agua’, como el título de la película de Matías Bize. ¿Posee Jerez ‘La memoria infinita’ como así el deslumbrante filme de Maite Alberdi? Jerez no es una ciudad automática, como así aletea la celebérrima obra de Julio Camba y su Nueva York de los años 20. Jerez por el contrario tampoco es una ciudad dormida, como aquella que adustamente campea en la portada del libro de Fernando Ariza. Porque Jerez se encomienda a la gimnasia del pensamiento. Jerez proyecta, Jerez recuerda. Jerez busca hallazgos emocionales en sus raíces. Jerez experimenta. Maneja la curiosidad del heterodoxo que sin embargo gusta del purismo identitario. Jerez se busca -como redención ante cualquier limbo oscuro-. Jerez se reencuentra, como el trémulo sostenimiento de la idiosincrasia más barroca pero a su vez más desnuda de oropeles. Jerez también existe en el dinamismo institucional que apuesta doble contra sencillo a favor de la mineralización de la arcilla del pasado, como -jamás a sangre fría- recomendara entre líneas el periodista Manuel Chaves Nogales: calcio para la reconstrucción permanente de un ideal cuya exégesis siempre precisa del conocimiento de quién fue quién en nuestra procedencia y precedencia cultural. Si en Jerez se convoca un acto en torno al legado literario de Rafael Alberti -sírvanos el ejemplo-, las nuevas generaciones de uno y otro signo -por descontado asimismo aquellas otras que alisen canas- han de acudir a reconocerse o diferenciarse de la sustancia de su obra (al margen de antiguas asignaciones o militancias ideológicas). El donoso escrutinio siempre ha de circunscribirse al hecho cultural. Ídem si la actividad circulase alrededor de la producción poética de Luis Rosales, aquel escritor de mirada azul, con coreografía y orografía de un mismo suelo: el preciosismo idiomático. O de Miguel Hernández y José María Pemán. ¡Enterremos de una vez el gorigori guerracivilista, el absurdo zigzagueo de los marchamos, los sambenitos, las filiaciones reales o las atribuciones subyacentes! ¡La escritura -para nuestra mirada imparcial- desposeída de connotaciones políticas, como una limpia fascinación que supera y traspasa todo mimetismo bélico! ¡La escritura perpetua! ¡La escritura liberada de banderías!

A este posicionamiento -que expulsa de sus linderos todo anacrónico garrotazo y tentetieso, todo enganche fratricida, toda soflama ya casposa- también denominamos modernidad. Porque la modernidad no calza botines blancos del piqué ni se embosca en lo baladí. Porque la modernidad huele a transigencia, a integración, a superación de clichés oxidados -o sea transversalidad, respetabilidad, ¿libertad, fraternidad, igualdad?-. La superación absoluta de todo prejuicio cainita en detrimento de una guerra incivil donde la falta de cordura fue moneda de cambio. Aquel ‘Quién es Caín, quién es Abel’ de Joaquín Sabina, de Luis Eduardo Aute, autores “de escuela mística y pagana”. En este contexto –“qué delicia de tintas y matices”, diría Gerardo Diego- asistí el pasado lunes al Auditorio San Juan Pablo II. La ACdP de Jerez organizaba una ponencia cuyo título, ‘El caso Pemán: la condenación del recuerdo’, enseguida llamó a la concurrencia -como así sucedió en efecto a tenor del no hay billetes que pobló la sala-. Curiosamente el mismo escritor llegó a comentar que “siempre se ha dicho mucho que Pemán tiene su público y algunos creían poco menos que cuando escribía le estaba tirando de una manga a un jesuita y de otra mano a una duquesa, y yo siempre he dicho precisamente que esto es un artificialismo porque los jesuitas no suelen ir al teatro y las duquesas pues tampoco van mucho desde que se ha inventado el cóctel y otras soseras que las ocupan de siete a nueve de la noche”. Ingenio de un firme defensor a ultranza de la mujer e inventor saleroso de la piconera en su obra ‘Cuando las Cortes de Cádiz’.

La ponencia del abogado Daniel García-Pita Pemán -nieto del ilustre académico- sirvió no sólo para reivindicar de nuevo -y las que preciso fueren- la altura académica y periodística de tan noble intelectual -¡cuán necesarios renacen su fino sentido del humor y su narración amable de un costumbrismo trufado de reflexiones al pie de la calle!- sino también para remozar aquella antigua teoría andaluza del 'a pesar de todo' que tan ingeniosamente explicara el propio autor de ‘El divino impaciente’. El mismo gaditano/jerezano aludió alguna vez a esta simpática adjudicación: “Pemán, a pesar de todo, es buena persona. Pemán, a pesar de todo, es un gran escritor. Pemán, a pesar de todo, ha evolucionado de un claro conservadurismo a un actual liberalismo. Pemán, a pesar de todo…”. Pues, a pesar de todo, de todos los pesares, de todas las monomanías y de los desafueros post mortem, de nuevo centró en Jerez una charla lúcida in memoriam. En la fotografía de este ‘Jerez íntimo’ podemos reconocer de izquierda a derecha a Marifé de Paz Vera, directora de las ‘Jornadas Católicos y Vida Pública’ de la ACdP, Ignacio O. Gaztelu Pastor, consiliario del Centro de la ACdP de Jerez, Daniel García-Pita Pemán, nieto de José María Pemán y Pemartín, Manuel Gómez Ruiz, secretario del Centro de la ACdP de Jerez y Javier E. Jiménez López de Eguileta, socio del Centro de la ACdP de Jerez. Gracias a todos ellos por reproducir cuanto recomendara uno de los personajes creados por José María Pemán: “No hay virtud más eminente, que el hacer sencillamente, lo que tenemos que hacer”.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios