Mikel Lejarza

Libertad de seudónimo

Quizás

Podemos elegir el sexo, pero no cualquier seudónimo. Y esta historia mola muy poco

22 de octubre 2021 - 01:41

Es sabido que la mitad de las mentiras de algunas personas son verdad, y que por lo tanto conviene no fiarse mucho de ellas. También es de aceptación universal, que al final de todo sólo nos queda una derrota y que eso nos iguala hayamos combatido brava o cobardemente. Ante tamaño sin sentido, algunos luchan por ser los administradores de las vidas de otros y se afanan con empeño en lograr mandar más que en obedecer; mientras que otros prefieren salir y hacer cosas nuevas. Por ejemplo, idear relatos que nos expliquen o cuya belleza nos permita dar sentido a lo inexplicable.

Los inventores de historias son ese tipo de gente extraña. Mal pagados en general y siempre exigidos, se plantan ante un folio en blanco y crean relatos que trasmitan sus ideas, aspirando a divertirnos al hacerlo. Cuando lo logran, el sabor que queda es amargo porque saben bien que todas las historias tratan de promesas y de cómo se incumplen. De ahí que no duden, porque, aunque ignoren muchos conocimientos, quienes inventan siempre recuerdan la fecha exacta en que perdieron la inocencia. Los creadores sueñan mentiras medio ciertas, porque se divierten al hacerlo. No son quienes más poder de decisión o dinero acumulan, pero hacen de su existencia un catálogo de vidas diferentes.

Los inventores de historias son personas apasionadas, que se emocionan. Tal como dijera Scott Fitzgerald, todo buen autor sabe que los triunfos llevan dentro de sí el inicio de un próximo fracaso y que su profesión es un proceso de creación que jamás finaliza. Conocedores de que las vidas perfectas son imposibles, se acercan con cariño a las debilidades humanas y absuelven a quienes sucumben ante ellas tras dejarse la vida en un intento inútil por combatirlas. Los buenos libros, las mejores películas, las canciones inolvidables siempre hablan de lugares que no existen y que por tanto jamás encontraremos; pero al leer, contemplar o escuchar las historias que nos cuentan logran el milagro de trasportarnos fuera de nuestros límites. Luego a todos nos gustan más unos relatos que otros, pero quien cuenta una historia embellece nuestro mundo. Con seudónimo o sin él, e independientemente del sexo del autor. Pero ahora algunas mentes autoritarias, que se definen como progresistas y son profundamente reaccionarias, critican que tres autores firmen con un seudónimo femenino. Así estamos. Podemos elegir el sexo, pero no cualquier seudónimo. Y esta historia mola muy poco.

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