Descanso Dominical

Mapa de Madrid

En calle Echegaray, el visitante puede desentrañar uno de los secretos más fascinantes que esconde el asfalto de la capital

Mi teoría es que todos tenemos tatuado un mapa de Madrid en algún lugar de nuestros adentros, probablemente entre el cerebelo y el esternón, donde se debaten los asuntos de estado. Los que no han asomado jamás la nariz por la Villa y Corte, también. Es lo que tienen los imaginarios colectivos.

El recuerdo primero que atisbo de Madrid es un sabor, el de los caramelos de La Violeta que mi abuela siempre aprehendió en sus viajes y que nos entregaba como en una ceremonia en esas cajitas con lazo, delicadas y de ángulos perfectos. Yo imaginaba que salían de una fábrica enorme situada justo en el centro de todas las plazas, en cuyos alrededores se desparramaba el resto de Madrid con ese perfume de malvas llenando el aire de cada calle. Luego descubrí que se venden desde hace 110 años en una bombonería con vitrinas de maderas nobles en la que Jacinto Benavente siempre paraba de camino hacia El Gato Negro, en Canalejas, el kilómetro cero de este mapa.

Muy cerca de allí, en el 7 de la calle Echegaray, el visitante puede desentrañar uno de los secretos más fascinantes que se esconde entre el asfalto, los edificios y el neón de la capital. Lo que en apariencia podría ser un bar de vinos es en realidad un portal espacio-tiempo que te lleva sin remisión a un tabanco jerezano en los años setenta. De los de tiza y albero, de los de “disculpe, caballero, no hay cerveza; aquí solo servimos de vino de Jerez”. Empapelado con carteles de las originales Fiestas de la Vendimia, para picar hay mojama, jamón, queso y cacahuetes; camareros de pocas palabras, parroquianos con buena conversación, amontillados finos, olorosos y barra maciza.

Al pasar por Sol hay que echar una mirada, aunque sea de reojo, al luminoso de Tío Pepe. Está bien, sigue ahí. Vaya a ser que a algún lumbreras se le ocurra otra vez darle cuartelillo. Los abrazos de Nacho y Jose, los de María y Edu, guardianes de la amistad en las escapadas capitalinas, están en el centro del mapa y me llevarán de nuevo al ribera del Manzanares, al espectro de un estadio donde vimos por primera vez a U2; luego haremos un rengue en Casa Mingo, en el Paseo de la Florida, y allí nos reiremos de todo con una botella de sidra y un trozo de cabrales sobre el mantel. Teatro en La Latina, paseos furtivos por el Barrio de las Letras, Gran Vía 32 octava planta, un ático en el Madrid de los Austrias y más de una despedida en Atocha. Se me quedan en el tintero otro puñado de puntos cardinales por los que siempre volvería una vez más a Madrid, aunque sus calles no huelan, qué pena, a caramelos de violetas.

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