Entre paréntesis

Rafael Navas

rnavas@diariodejerez.com

Mazuelos, una hora menos

Jerez, sede vacante. El anuncio del adiós de monseñor José Mazuelos Pérez como obispo de la diócesis de Asidonia-Jerez, el pasado lunes, no cogió a nadie por sorpresa. Hacía tiempo que se hablaba de su marcha de la ciudad y en los últimos diez días ya se sabía que era inminente. Sólo quedaba por saber su destino y, aunque hay varias vacantes actualmente, cuando se despejó la incógnita de Huelva (tal vez demasiado próxima), todo apuntó a la diócesis de Canarias. Allá por el otoño recibirán en una diócesis muy señera que cubre una parte importante del archipiélago a Mazuelos, que deja atrás once años de gobierno en Bertemati en los que, como suele ser habitual a la hora de los análisis, hay luces y sombras.

Asumía en 2009 el ya administrador apostólico una diócesis con el listón bastante alto, en diferentes planos, de la mano de Juan del Río, actual arzobispo castrense de España, que comenzó como segundo obispo la tarea de modernizar la Iglesia en una tierra con un clero y una feligresía muy tradicionales. Continuó Mazuelos esa tarea pero de otra manera, sin contar con todo el mundo. Basó su apostolado en una comunidad muy concreta, la neocatecumenal, hacia la que nunca escondió sus simpatías y preferencias. De hecho, existen grupos y movimientos pastorales de la Iglesia en la diócesis que en once años no han recibido una visita suya.

Esa apuesta clara generó tensiones y fraccionó una Iglesia en la que, a pesar de todo, se guardó un respetuoso silencio la mayoría de las veces. Un silencio apenas roto por los conflictos conocidos en varias hermandades con las que chocó más en las formas que en el fondo. Porque monseñor Mazuelos, un trabajador incansable, hombre de fe y con fama de campechano, no cuidó en ocasiones el tono y las maneras que se suponen a un obispo. Y el suyo no era el caso del primer obispo, Rafael Bellido, a quien se le perdonaron siempre sus 'regañinas'. Y ya se sabe que muchas veces ser campechano o bonachón no asegura el éxito.

Llevó bien, en general, su apuesta por el patrimonio eclesial tanto en la Catedral, en Santiago o en La Cartuja. Sin embargo, su decisión de salir en Semana Santa a visitar los templos, en pleno confinamiento, no fue entendida por todos los fieles, a los que dividió innecesariamente. Haber polarizado la Iglesia diocesana es algo por lo que se le puede criticar al final de su etapa al frente de una diócesis que es muy diferente a la que encontrará en Canarias. Seguro que en Jerez, donde confesó esta semana que aprendió a ser obispo, habrá sacado conclusiones que le ayudarán mucho en su nuevo apostolado, como haber estado mal asesorado por algunos 'talibanes' interesados.

Tras conocer su destino, ha dictado nuevos decretos que 'mueven' a diferentes sacerdotes, sabedor de que su sucesor (que puede venir de Getafe o desde Sevilla según los círculos eclesiásticos) no tomará decisiones referentes al clero antes de su primer año. Rebajar la tensión creada será el principal reto del nuevo obispo en un momento difícil para la Iglesia no sólo en Jerez, sino en un mundo en el que existe mucha crisis de fe. A pesar de todo y precisamente porque las formas nunca se deben perder, mucha suerte, don José.

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