Museos de pago

No es tanto convertir al Bellas Artes en un museo de pago como proporcionarle los ingresos que aún no tiene

En contra de lo que pueda parecer, los museos son siempre de pago. En el caso del Bellas Artes de Sevilla, lo que se pretende –con buen criterio, a mi juicio– es que los siempre menguados recursos que se destinan a tales asuntos, vengan robustecidos por quienes pueden y deben (y quieren) hacerlo: sus visitantes. Con todas las excepciones y exenciones que se crean oportunas (niños, parados, jubilados, profesores, ciudadanos de la UE con derecho a rebaja...), con todas esas excepciones, repito, hay una extraordinaria masa de visitantes que, por un módico precio, desea ver obras de arte de altísimo valor. Y no solo eso, también desea contribuir, a su modesta escala, en la preservación de ese fenomenal patrimonio.

Todos pagamos sin mayores quejas la entrada al foro romano (y la tasa turística correspondiente); y también dejamos el óbolo adecuado en las urnas de los museos anglosajones, cuando queremos ver Los siete sacramentos de Poussin en Edimburgo o los Bañistas de Seurat en la National Gallery. Pagar seis euros por ver el San Jerónimo esculpido por Torrigiano, La anunciación de Alejo Fernández, Las ánimas del purgatorio de Alonso Cano y la Adoración de los pastores de Murillo, cuadro excepcional, de sencilla y emocionada pureza, me parece un trato muy ventajoso para el visitante. Incluso para los que vamos con frecuencia al Bellas Artes, me parece una oferta magnífica e irresistible. A cambio, uno espera que esos mayores ingresos vayan destinados a la promoción y mejora del museo (esto es, a un más alto cumplimiento de su función), y al montaje de exposiciones y actividades culturales, de carácter relevante, que conviertan al Bellas Artes en lo que, por otra parte, ya es, un excepcional compendio del arte y la cultura occidentales de los últimos seis siglos. Tampoco vendrían mal –cuando se amplíe el museo...– una elegante cafetería y una estupenda tienda de souvenirs, no menos refinados y elegantes, que procuren mayores ingresos a la institución.

Pagar seis euros (¿al año, al mes?), no es tanto convertir al Bellas Artes en un museo de pago –ya lo es–, como proporcionarle los ingresos que aún no tiene y que quizá no obtenga de otro modo. En este sentido, no parece inoportuno que sean los visitantes quienes contribuyan a su mantenimiento, a su difusión y a su mejora. Este mismo principio es el que debiera regir para la tasa turística. Que el visitante, ocasional o devoto, participe en la conservación de cuanto aprecia. La otra opción es seguir quejándonos, ad aeternum, de la falta de recursos destinados a la cultura.

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