Francisco Correal

Ocaña

Cuchillo sin filo

Se cumple el aniversario de la muerte de Ocaña, que descubrió una Cataluña abierta, hoy en cuarentena

18 de septiembre 2017 - 02:09

Hoy se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Ocaña, una profecía trágicamente cumplida de quien decía que en Andalucía la fiesta y el velatorio iban siempre juntos. Murió con 36 años el 18 de septiembre de 1983 por las quemaduras que sufrió cuando iba disfrazado de sol en una procesión de su pueblo, Cantillana, al que volvía todos los veranos desde Barcelona, donde se había consagrado como un artista transgresor en tiempos en los que la transgresión no se subvencionaba. Buena parte de su obra se puede ver hasta el próximo 1 de octubre en la sala Atín Aya del Espacio Turina. Curiosa coincidencia de trayectorias artísticas truncadas como las de Ocaña y el fotógrafo Atín Aya, amén de Carlos Cano, que le dedicó al pintor una canción en forma de romance.

La exposición se clausura el mismo día que la Cataluña oficial haya decidido, saltándose a la torera la ley y la Historia, desmarcarse del resto de España con esa emulación de Puigdemont de la escenografía de la Plaza de Oriente al reunir a los alcaldes con sus bastones.

Ocaña representaba una izquierda libertaria, contestataria, que hermanaba en uno de sus cuadros la hoz y el martillo del Partido Comunista con las dos devociones de su pueblo. Una apertura de mundos en contraste con el mensaje excluyente de la Generalitat, ayudada por una izquierda hipócrita que rescata el fantasma del estado de excepción, como si la Fiscalía fuera un nuevo Tribunal de Orden Público. No la izquierda luminosa, virgiliana de Ocaña, sino un potingue de estalinismo pequeño-burgués de Semana Trágica y saga de los Rius.

A la izquierda le pasa como a la Iglesia o a los toros. Su principal enemigo está dentro. Morante lo ha dejado bien claro para que dejen de dar la tabarra los plastas antitaurinos: los taurinos se bastan a sí mismos para acabar con la fiesta que inspiró a Goya y a Picasso, a Lorca y a Alberti. Unos ganapanes, como se sabe. Y en cuanto a los enemigos domésticos de la Iglesia, el mejor muestrario está en las arengas de Pío XIII, el pontífice al que da vida Jude Law en la serie El Joven Papa, de Paolo Sorrentino. Y si la izquierda funciona como una iglesia que también condena y perdona, canoniza y excomulga, el círculo se cierra en un retrato intermitente, como la vida de Ocaña.

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