En japonés hay una palabra, 'komorebi', que da nombre a la luz que se filtra a través de las hojas de los árboles; en el diccionario árabe, 'gurfa' define la cantidad de agua que cabe en la palma de una mano, y para los suecos 'mangata' es el camino de luz que dibuja el reflejo de la luna en el mar. En wagiman, una lengua aborigen australiana, el verbo 'murr-ma' alude al acto de buscar algo en el agua solo con los pies, mientras que los hawaianos utilizan el término 'akihi' para referirse a quien, después de escuchar unas indicaciones, las olvida por completo al momento. Son palabras intraducibles incluso en nuestra lengua, la española, un código que ya usamos para entendernos casi 600 millones de personas en todo el globo y que cuenta con gramática propia desde que en 1.492 el gran Elio Antonio, de Lebrija para más señas, nos la puso en bandeja. Faltaban tres meses para que Rodrigo de Triana gritase ¡Tierra! desde el carajo de La Pinta.

Lejos de estar aparcada en vía muerta, la lengua española goza de una feracidad extraordinaria. Hace sólo unos días, sin ir más lejos, la RAE desvelaba que está estudiando incorporar al diccionario el vocablo 'funderelele' como nombre de la cuchara que se emplea para servir helado en forma de bola (vivan los fundereleles de Soler). Todos los años adoptamos nuevos términos, bautizamos sentimientos, objetos, comportamientos, escenarios; y los académicos dan oficialidad a expresiones que, normalmente, ya han sido descubiertas, moldeadas y acogidas por el habla de la calle. En 2022 la Real Academia añadió un total 280 palabras, entre las que figuran monodósis, mamitis, conspiranoico o videojugador. Otra fuente de inspiración para el español, no cabe duda, es Hispanoamerica, donde nuestra lengua compartida resulta exuberante y frondosa como la selva tras el paso del monzón.

El mestizaje es precisamente el punto de encuentro del Congreso Internacional de la Lengua Española que se celebra desde mañana en Cádiz, donde estos días, en una suerte de primavera paralela, florecen por calles, balcones y plazoletas las perlas que tenemos engarzadas en nuestra forma de hablar, palabras mágicas del andaluz que entendemos y practicamos en esta provincia, que hemos abrazado por tradición oral, porque nos corren por la sangre. Biruji, guachisnai, chirlachi, mollera, conchavao, alcancía, cosqui, age, ojú…forman parte de ese mapa lingüístico que va a recibir a catedráticos, estudiosos, insignes y aristócratas de la autarquía del español hablado y escrito a ambos lados del charco.

Un vocabulario, unas maneras de decir que son el brillo de los ojos de la lengua española. Algo verdadero, que no se puede operar. Qué bonito sería que mañana Su Majestad el Rey Don Felipe inaugurase el Congreso diciendo solemnemente: "Esta mañana he salido revoleao por la casapuerta de la Zarzuela…".

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