ME llama la atención que, al cabo de tantos siglos, la palabra siga manteniendo la capacidad de persuadir que siempre se le ha supuesto. Sobre todo cuando está falta de contenido. El Verbo tiene una connotación religiosa y Palabra, en mayúscula, se asocia a la deidad. En caso de falsedad, la palabra se convierte en palabrería y ésta es capaz de conseguir cosas que los hechos se encargarán de desenmascarar con el paso del tiempo.

Y es que la palabra es una expresión fiel de la inteligencia y la manifestación evidente de la vertiente espiritual del ser humano. Por eso aquél que habla bien es considerado inteligente, clarividente, eficaz. La palabra tiene la capacidad de envolver, de embaucar, de ensimismar; pero también sirve para confundir, para equivocar, para engañar. Ser hombre de palabra, jurar bajo palabra, dar la palabra, apalabrar, son signos de verdad, de garantía, de dignidad.

La calle, gran madre y maestra, sabe distinguir entre la palabra y una de sus caricaturas: la parla. No es lo mismo ser hombre de palabra que tener parla. Los que practican y dominan esta última modalidad son llamados parlanchines y, entre ellos, se distinguen los vocingleros, voceros, voceadores, bustos parlantes, lenguaraces y charlatanes varios.

Todas estas variedades proliferan en estos días de campaña electoral. Entre profesionales de la parla, paniaguados y comentaristas a sueldo, podemos dar por completado el cupo. Ningún argumento es sólido ni ninguna conciencia voluble. Nadie escucha a nadie ni nadie convence a nadie. Cada uno defiende su pan. Como dice el refrán, todos se mienten, pero ninguno se engaña. Saben que es tiempo de representación, de actuar según los dictados de la mejor escuela de arte dramático. A la mayoría se les nota porque sobreactúa. La cruda realidad se encargará de poner las cosas en su sitio, pero ya no habrá peligro. La farsa se sostendrá entonces en la legitimidad. Y como dice la canción de Serrat, al día siguiente, volverá el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas.

Palabras y más palabras, todo un muestrario de palabrería. Al final cada uno saca su tajada y ríe feliz. Toma el dinero y corre. De película. De Dos cabalgan juntos hemos pasado a Los cinco en apuros. Varía el idioma, pero el mensaje es el mismo. Parole, parole, parole. ¡Qué bella era esta canción cantada por Mina y Alberto Lupo!

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios