Me parece cruel condenarlos. Hacer trampas no está bonito, pero pronto van a juzgar a un equipo de arqueólogos simplemente por haber colado a varias instituciones vascas un montón de piezas de grandísimo interés que, según los expertos, tenían el único inconveniente de ser falsas.

Tras años de hacer fullerías pintarrajeando cerámicas, tallando piedras con inscripciones más o menos prehistóricas y garabateando documentos que serían de incalculable valor si tuvieran alguno, ahora esos arqueólogos tan singulares tendrán que sentarse ante el juez para defenderse por intentar engañar a unas administraciones públicas que, en su buena fe, no contaron con que a estos hallazgos tan fabulosos lo único que les faltaba ya es que fueran de plástico.

Pero hay que ponerse en su pellejo. Encontrar yacimientos es una pesadez. De ahí que estos investigadores prefirieran, por ejemplo, pintar con sus propias manos un Cristo crucificado (y decir que es del siglo III) a tener que andar buscando por las excavaciones, que a lo mejor ni encontraban uno igual.

La estafa es morrocotuda. Pero ¿y la ilusión de los gestores del patrimonio que se vieron ante semejante tesoro? Hay que considerar que entre los falsos descubrimientos había algunos de enorme relevancia, como ese que, si no fuese un timo, demostraría que el euskera se hablaba y se escribía mientras el resto del mundo andaba aún inventando la rueda.

Falsificar unas reliquias del año de la nana, aparte de no hacer mal a nadie, puede incluso alegrar la vida a muchas personas, como los nacionalistas, que necesitan apuntalar sus purezas de sangre sobre alguna base y ratificar sus delirios de superioridad fabricándose, aunque sea, un pasado a medida.

Como los hechos históricos son tercos, no siempre se adaptan a nuestros gustos. Por ello, en épocas de política sentimental, cuando tantos nostálgicos sueñan con patrias antediluvianas y con héroes bigotudos que hablaran ya un idioma distinto al de sus vecinos, se entiende que triunfe una industria dedicada a la confección de fósiles a la carta.

Todos tenemos derecho a un pasado mejor, así que tampoco habría que escandalizarse si alguien se saca de la manga un código civil que demuestre que los habitantes de Baracaldo tenían sus propias leyes hace cinco mil años; o una partida de nacimiento que certificase que Cervantes era de la Barceloneta. Y si en Jerez no hay vestigios del románico, ¿acaso no tenemos el mismo derecho que la gente de Palencia a gozar de unas buenas iglesias del siglo XII?

El daño más grave del que cabría acusar a estos magos de la arqueología está en que ya no volveremos a visitar los museos con el mismo ánimo. A partir de ahora estaremos con la mosca detrás de la oreja, por si acaso los sarcófagos de Cádiz tienen más de chirigota que de fenicios. Miraremos de reojo a la Dama de Elche, no sea que la haya esculpido un conserje habilidoso. ¿Y ese casco griego que conservan en el museo de Jerez? ¿Será un casco de verdad o un auténtico camelo? Ya me ponen en duda, francamente.

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