Puigdemont nos distrae

Lo importante de verdad ha pasado a este lado del Ebro; en Cataluña lo importante tiene que empezar a pasar ahora

Estamos tan pendientes de los movimientos o convulsiones o estertores de Puigdemont, que no vemos lo que importa. El problema catalán nos distrae de los catalanes no nacionalistas, que son la única solución. No se les echa la cuenta que se merecen por su número y por la importancia que tienen y que tendrán que tener en el futuro.

Más cerca, tampoco vemos lo que sucede. Los partidos se han ido adaptando. O no: que es lo que piensa Carolina Bescansa que no ha hecho Podemos, el partido que ella fundó y que se funde (en las encuestas). Están centrifugados por los nacionalistas. La alergia que en Pablo Iglesias provoca, según confesión propia, la rojigualda y el mismo nombre de este-país se le nota.

El PSOE no lo pasa bien. Su dirección comparte un poco la alergia de Podemos, agravada, en su caso, por el peso del PSC y por la necesidad imperiosa de diferenciar su discurso del PP; pero contrarrestada por su vocación de partido de gobierno y su dominio electoral en regiones unánime y sentidamente españolas.

Tampoco el PP está cómodo. Mariano Rajoy se ha podido permitir paralizar los tiempos para darle todos los plazos a Puigdemont, pero ha llegado la hora del ahora. Aunque parece que muchos lo ignoraban, el alivio que ha provocado en su público la intención de aplicar al fin el 155 no tenía vuelta atrás. Que Rajoy hubiese arrastrado los pies hasta el final implicaba que un paso atrás lo arrastraría.

Me quedan los dos casos más interesantes. Como Anteo, que debía su fuerza del contacto con la tierra, Ciudadanos se crece en el cara a cara con el independentismo. Rivera, obediente a Freud, quiso matar al padre, que era UPyD, pero no quiso o no supo aceptar su herencia, y, pacto a pacto, la desdibujaba. Defendiendo con rigor el ideal jacobino, a la diosa Razón y la senda constitucional, C's se halla a sí mismo. En donde más falta nos hace.

La misma que -aunque no lo señale nadie- hace Vox. El partido de Abascal no tuvo crisis freudiana, sino de adolescencia, en la que frecuentó, como se suele, algunas compañías dudosas. El conflicto catalán ha sido su salto de madurez. Ha convocado manifestaciones numerosas y necesarias y ha promovido querellas claves. Ha estado con la nación, con sus instituciones y con la ley, demostrado que el arco político queda cojo sin un partido de derechas sin ambages. Ya veremos qué pasa en unas futuras elecciones, pero Vox ha encontrado su sitio.

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